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Siempre resulta útil, e incluso bastante sabio, tener la capacidad de reconocer nuestras limitaciones. No obstante, muchas veces nos cerramos a la posibilidad de crecer y probar cosas nuevas, refugiándonos en comportamientos y actitudes que limitan nuestro crecimiento personal.

De acuerdo con el doctor Patrick J. Cohn, experto en entrenamiento y psicología del deporte, la autolimitación puede

entenderse como una serie de pensamientos negativos acerca de nosotros mismos que nos impiden hacer lo que realmente queremos, como por ejemplo: “Tengo sobrepeso, por lo tanto no puedo ser una persona atlética”, “Soy tímida, eso me impide participar en las reuniones de trabajo”, o “Soy muy grande para entrar a la universidad”. Puede que se trate de viejas ideas o de pensamientos adquiridos recientemente, pero lo que tienen en común es que nos impiden zambullirnos en las nuevas aguas en las que nos gustaría nadar.

Lo contrario de la autolimitación es tener la capacidad de imaginar un escenario en el que prácticamente todo es posible. Piensa, por ejemplo, en la joven húngara Timea Pinter, que se dedica al modelaje y al buceo a pesar de no tener piernas, o en las personas invidentes que se dedican a tomar fotografías impresionantes, o en aquellas personas que han sido capaces de sobreponerse a enfermedades terminales y logran llevar buenas vidas a pesar de la adversidad.

Estas personas tienen limitaciones evidentes, pero en realidad todos debemos superar una serie de trabas internas que no siempre son tan fáciles de reconocer como las discapacidades. Muchos tenemos pensamientos paralizantes que pueden provenir de cosas que la gente nos ha dicho mientras crecíamos (“eres muy desorganizado”, “quizá lo tuyo no es el trabajo creativo”, etcétera), o a lo largo de nuestro desarrollo como adultos.

Incluso puede que sean ideas que nosotros mismos hemos ido alimentando sin alguna razón en particular (“soy muy distraída”, “tengo las manos muy torpes”), pero llega un momento en que nos interesa sacarlas de nuestra vida para poder movernos con mayor libertad. Si te encuentras en esta situación, en seguida te diremos cómo enfrentar estas actitudes autolimitantes.

Identifica el problema

Para poder deshacernos de las ideas y hábitos que nos estorban, primero debemos identificar con precisión cuáles son. Resulta mucho más fácil reconocer los comportamientos autolimitantes si, antes que nada, nos preguntamos qué nos interesa lograr y qué, dentro de nosotros, nos impide alcanzarlo.

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Un método sencillo para encontrar lo que frena nuestro crecimiento es anotar en una libreta las cosas que nos interesa conseguir y los comportamientos y actitudes que nos impiden llegar a ellas; por ejemplo: “Quiero hacer una especialidad, pero me falta la disciplina necesaria para poder llevar el trabajo y la escuela al mismo tiempo”. Aquí, la palabra clave es “disciplina”, la cual se volverá el foco de nuestra atención en los siguientes días, pero igual puede ser “postergar las cosas”, “tener miedo a lo desconocido”, o “tener miedo al qué dirán”; en fin, cada quién deberá ver cuáles son los obstáculos internos que hay entre su estado actual y el objetivo que se ha planteado.

Es importante escribir lo que consideramos como nuestros obstáculos para poder analizar si se trata realmente de algo que podemos cambiar o es un factor externo, que no depende sólo de nuestra voluntad. Por ejemplo, si queremos hacer una Maestría en Arte Virreinal, pero además de la disciplina para estar en el programa necesitamos que esa maestría exista, eso último no es algo que esté en nuestras manos lograr, por lo tanto no se trata de algo que nos autolimite.

Desafío personal

Sobreponerse a las ideas y comportamientos autolimitantes supone, en esencia, llevar a cabo una batalla interna. Se trata de enfrentarte a ti misma, a las ideas o hábitos que has venido desarrollando a lo largo de los años y, para lograrlo, no basta sólo con tener entusiasmo. También vas a necesitar dar pequeños pasos hacia tu objetivo, es decir, ponerte en acción para lograr lo que deseas y, sobre todo, vas a requerir mucha, pero mucha paciencia, ya que cambiar las ideas y hábitos personales es una de las cosas que más nos cuesta a los seres humanos.

Antes de modificar cualquier cosa, vas a necesitar también trazar una estrategia para llegar a tu nueva situación. Por ejemplo, si te interesa ser más organizada en tu trabajo, quizá debas tomar nota de los aspectos en que eres más desorganizada y comenzar a atacar uno por uno. Así como en las dietas no es recomendable dejar de comer todo lo que no debemos de un solo golpe, no podrás deshacerte de tus hábitos autolimitantes si te exiges demasiado desde el inicio. Recuerda: es humano mostrar resistencia al cambio; después de todo, hemos permanecido en la misma situación durante mucho tiempo no porque sea la mejor del mundo, sino sólo porque estamos acostumbrados a ello, pero ahora nos hemos decidido a romper con ese estado de cosas para ir en busca de algo mejor.

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Aunque el cambio tomará tiempo, nos sentiremos recompensados si finalmente logramos ser más disciplinados, saludables, organizados, creativos, atléticos, amables… o lo que sea que nos hallamos propuesto.

El toque final

Un elemento crucial para permanecer en el camino correcto es mantener una actitud positiva. Eso significa alejarnos de aquellas ideas y personas que nos recuerden los malos hábitos que con mucho trabajo hemos logrado ir modificando.

Con frecuencia hay gente a nuestro alrededor –a la que incluso queremos–, que influye para que volvamos a los hábitos de antes. Por eso, es importante rodearse de un ambiente propositivo y optimista, buscar nuevas amistades y relaciones que nos permitan seguir creciendo y exigiendo lo mejor de nosotros mismos. Estas personas pueden estar casi en cualquier sitio, lo importante es tener la habilidad de identificarlas y atraerlas a nuestro círculo.

Si te interesa saber más acerca de las cosas que nos autolimitan, puedes acudir al texto clásico de Weyne W. Dyer, Tus zonas erróneas, en particular el primer capítulo denominado “Haciéndote cargo de ti mismo”.

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