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Un espacio para aprender que no es necesario ser una empresa grande para ser una Gran Empresa
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Es impresionante la proporción de empresarios que está luchando contra el temor que les imparten los noticieros y los comentarios de los improvisados opinólogos devenidos en analistas. Una parte del empresariado se ha paralizado. Otra porción combate los efectos de los rumores de cualquier tipo, en lugar de las causas. Dan combate acudiendo a parapsicólogos, tarotistas y otras alternativas que ofrece el ocultismo. Actividades por cierto en auge, aunque tan antiguas como semejantes a la hechicería de tiempos remotos. Pero usted se preguntará, ¿cuál es la razón básica argumental de esta epidemia de poliomielitis intelectual?

La respuesta es muy simple: los espíritus de desesperanza y confusión se han apoderado de buena parte de la estadística. Brillantes hombres de negocios se resignan a una vida de sometimiento a las circunstancias, sin esperanza alguna de triunfar en estos días.

Durante años he tratado con empresarios obstaculizados por el síndrome de la amenaza terminal. Estos son arquetipos que sólo consideran un aspecto del SWOT (Fortalezas Debilidades Oportunidades y Amenazas): «La amenaza». Un empresario puede adquirir tal grado de estrés por las maledicencias que recibe, que puede llegar a abandonarse de una manera inconcebible. Así como los músculos del deportista se atrofian sin entrenamiento, el espíritu del emprendedor que deja de tomar decisiones se anestesia. Dirigentes sinceros y con historial se convencieron de que porque el país tiene problemas, ellos no pueden hacer nada. Desde luego que esto es incorrecto y una inequívoca forma de fracaso empresario. ¿Cómo puede ser que un empresario se adormezca y amilane de este modo? Lo que consigue apabullar al empresario actualmente es el temor y la consecuencia emergente, la timidez. La palabra griega «deilia» implica timidez o cobardía.

Aunque se la disfrace de respetable, la timidez nunca tiene un buen sentido o un significado saludable. El talento que usted tenga, por eminente que sea, debajo de la timidez se aturde, provocando indecisión y consecuentemente declinación progresiva en el negocio.

Sin deseos de cambiar la etimología y la traducción descripta, yo diría que distinguidos ejecutivos, a la hora de la verdad, están perdiendo su pelea hacia la jerarquía empresarial por abandono. Aunque sus aptitudes están presentes y son reales, hoy claramente no están en funcionamiento. Cuando «por segunda vez» me tocó enfrentar la experiencia de pilotear un club de bancos, un director de una entidad financiera me susurró al oído que, tanto él como sus colegas pensaban que yo estaba siendo muy duro con ellos en la defensa de mi cliente. Esto en el futuro, haría que suprimieran eventuales recomendaciones que afectarían mis ingresos y, eventualmente, mi carrera profesional.

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Yo puedo testificar que fui intimidado por las circunstancias y conozco en carne propia el desasosiego que provoca pilotear una empresa en dificultades en tiempos de crisis. En aquella oportunidad, en forma repentina, la habilidad que ostentaba para obtener acuerdos se me desactivó, y no podía salir de la oficina a realizar convenios de renegociación de pasivos empresariales como antes. Mi naciente desarrollo profesional parecía haberse truncado. Me entró una fuerte confusión, me abatí; no quería enfrentarme más a ellos (los banqueros) y hasta pensé cambiar aquella especialidad técnica. ¿Quiere saber por qué? Pues porque estaba «intimidado». El entorno de la reforma financiera del setenta y siete, la crisis de la compañía y la desfachatez de aquel banquero eran muy fuertes para mí. Seguidamente, había resignado mi habilidad y mi entrega profesional a causa de ese sentimiento de temor, similar al que hoy invade a muchos. El miedo refrena la acción e impone una actitud de sumisión bajo la cual ciertos desafíos
empresariales no pueden encararse. Las razones son, en general, falsas convicciones de posiciones de inferioridad.

Aquel trabajo pudo ser completado con éxito sólo después de unas semanas, cuando venciendo el desaliento entendí que necesitaba cambiar de actitud y me dispuse a enfrentar todos esos supuestos peligros.

Borde de la quiebra

Siempre habrá, asimismo, empresarios y profesionales que no huyen. Podría hacer una lista de hombres de negocios que no desaparecieron habiendo caminado aun al borde de la quiebra. También puedo mencionar que entre 1974 y 1990 (16 años) la Argentina no sólo dejó de crecer, sino que además su PBI cayó 0,9% y el PBI per cápita cayó más de 20%. Sin embargo, muchas pequeñas y medianas empresas argentinas y hasta bancos de la década del ‘0 se atrevieron a completar el trabajo que comenzaron y hoy son grandes exportadores industriales o bancos internacionales. Podemos ver ejemplos concretos como el de Arcor y el Banco Río, por mencionar sólo dos casos.

El pánico es una mala influencia desmotivadora que se ha infiltrado en la Argentina. Es un nocivo ascendiente que estamos padeciendo como sociedad. Muchos ejecutivos con un título impactante en su tarjeta están cediendo la excelencia conquistada con tanto esfuerzo a favor del miedo generalizado. Una gran parte de la población también está paralizada consultando cada día el riesgo-país. Se habla de sesenta por ciento, es decir, la gran mayoría de aquellos que deciden el nivel de consumo. Sin embargo, también como en otras épocas, en el otro extremo hay empresarios que están ganando espacios. Algunos refinanciarán en estos días sus deudas por quinta vez, pero siguen adelante.

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¿Será este el fin del mundo o habrá llegado la hora de tomar decisiones?

Yo creo que es necesario confrontar esta situación y desmantelar urgentemente la esfera de influencia del temor para no resignar las oportunidades que muchos habrán conquistado dentro de muy poco tiempo.

¿En qué trinchera estará usted en esta guerra que el temor les declaró a sus nervios; en el “ambiente del miedo y el no se puede” o en la del “borde de la conquista”?

Pablo Tigani
hacer@hacer.com.ar
Presidente de
www.hacer.com.ar

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