En su libro “La empresa viviente”, Arie de Geus relata la siguiente historia:

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herrerilloEn su libro “La empresa viviente”, Arie de Geus relata la siguiente historia:

A comienzos del siglo XX, en Inglaterra comenzó a entregarse la leche embotellada a domicilio. Las primeras botellas no tenían tapa, por lo que los pájaros se comían la crema que se acumulaba en la parte superior. Dos especies diferentes, el herrerillo y el petirrojo, aprovecharon este alimento durante muchos años.

Ante las quejas de los vecinos, en la década del treinta los distribuidores de leche colocaron tapas de aluminio en las botellas, para impedir que las aves accedieran al contenido.

Al poco tiempo se comprobó que toda la población de herrerillos del país (más de un millón de ejemplares) había aprendido a perforar las tapas metálicas y se comía parte del contenido, como antes. Los hogares ubicados en territorio de los petirrojos -en cambio- no manifestaron tener nuevamente el problema.

¿Por qué los herrerillos aprendieron a romper las tapas y los petirrojos no? Porque los primeros funcionaron en comunidad y los segundos se mantuvieron aislados.

Durante la primavera, los herrerillos viven con su pareja hasta criar a sus pichones. Al comienzo del verano -cuando las crías ya pueden volar y alimentarse por sí mismas- los pájaros adultos recorren el país en bandadas de ocho a diez individuos. A lo largo de este peregrinaje, el grupo de adultos comparte diversas experiencias, que permiten la trasmisión de conocimientos y habilidades. Al año siguiente, forman nuevas bandadas con otros representantes de la especie, e inician una nueva migración. De esta forma, el conocimiento que poseen en un principio unos pocos individuos, es rápidamente trasmitido al resto de los pájaros.

Los petirrojos -por el contrario- son aves territoriales. Cada macho se queda cuidando su territorio y no permite que otro entre. Al no existir comunicación entre diferentes individuos, no comparten experiencias, ni aprenden unos de otros. Por lo tanto, resulta imposible que una habilidad pueda difundirse al conjunto de la especie.

Al no poder trasmitir socialmente un conocimiento tan vital para su evolución y supervivencia, los petirrojos quedaron en desventaja respecto de los herrerillos.

La moraleja de esta historia del mundo animal, es muy aplicable al mundo de las personas, especialmente al ámbito del trabajo. Así como la territorialidad fue un problema para los petirrojos, lo es para las personas y sus organizaciones.

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Uno de los principales obstáculos a la innovación y al desarrollo organizacional, es la resistencia de las personas a compartir el conocimiento. Esta resistencia se debe al egoísmo, la desconfianza, la competencia y el miedo, que son actitudes en las que se manifiesta la territorialidad, en este caso humana. Esta territorialidad impide el intercambio de conocimiento y -a mediano plazo- el crecimiento organizacional. En cambio, el trabajo en equipo, la colaboración, la comunicación, la sinergia y la participación son impulsores del desarrollo de una organización, al facilitar la difusión del conocimiento.

Al igual que el petirrojo, muchas personas “vigilan su territorio” en sus trabajos, para evitar que otras lo invadan. En algunas culturas organizacionales, persiste la idea de que el saber es una fuente de ventaja competitiva individual, no colectiva. Las organizaciones que sostienen esta cultura no comprenden que el conocimiento ciertamente es fuente de poder, pero de un poder que aumenta mientras más personas lo posean.

El conocimiento colectivo tiene más influencia que el conocimiento individual. Cuando un saber se distribuye a lo largo y ancho de una organización, tiene una capacidad transformadora mucho mayor, que si permaneciese limitado a unos pocos miembros.

La comunicación vuelve más productivo el conocimiento. El simple acto de poner una idea en palabras nos ayuda a clarificarla, a mejorarla, a darle forma. Además, cuando entablamos un diálogo con otra persona, nos beneficiamos de su saber, de su perspectiva y esto también hace crecer el conocimiento.

Las personas (y por ende las organizaciones que formamos) somos competitivas por naturaleza, deseamos proteger nuestros “territorios” y nos preocupan nuestras metas y resultados individuales. Sin embargo, en un mundo altamente interconectado, cada vez necesitamos más la ayuda de los demás para lograr nuestros objetivos. Las organizaciones requieren para su éxito del esfuerzo colaborativo de todos y ya no pueden darse el lujo de operar en territorios
exclusivos.

Hoy, quien quiera obtener aquello que busca, necesitará parecerse más al herrerillo que al petirrojo: estar dispuesto a compartir el conocimiento abiertamente!

Fuente: Club de la Efectividad – Fabián Mozzati Director

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