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Andamos por los múltiples senderos de nuestra vida con un molde no elegido por nosotros en el que nuestro accionar está perfectamente definido. Aunque prima facie no podamos listar nuestras creencias el molde está en pleno ejercicio de su función y “siempre listo” para dispararse ante el estímulo correspondiente. Se me ocurre que lo podemos llamar el modelo de lo que para nosotros es lo socialmente correcto.

 “Soy flexible”, me repetía, creyendo que con este tipo de afirmaciones podría escaparle a la rigidez, supuestamente porque ser rígido estaba “mal”. Era angustiante comprobar que cuando era conveniente ser algo rígido yo estaba apostando a la flexibilidad y cuando al tiempo, había adoptado una posición rígida, ésta debería haber sido flexible. No había escapatoria, cada vez que el molde tomaba control de mi ser, me encontraba haciendo o diciendo aquello que se suponía que tenía que hacer o decir.

 Soy, entre otra cosas, varón, marido, padre, hijo, socio, compañero, amigo, ciudadano, proveedor, cliente, docente, alumno, etc. Cuando busco ser lo correcto, eso que esta mandado, eso que busca ser aceptado por los otros, el resultado, siendo optimista, es pésimo. Me cuesta tanto esfuerzo sostener a “ese” que se supone que “debo ser“, que al cabo de un tiempo termino rendido y con bronca (enojado). La  bronca es un buen sensor, indica que hay algo en mí que hay que revisar. Generalmente cuando las expectativas no son cumpidas, surge el enojo.

 Ante algún suceso familiar, laboral, social o político, la opinión de los otros se fragmenta. Unos opinan una cosa, otros otra y siempre están los que no saben o no contestan. Muchas veces envidié a esos que no toman partido por nada, aunque siempre viene a mi rescate una frase (de mi modelo) que sostiene que el mundo no es para los tibios.

 A  lo largo de nuestra vida vamos aceptando mandatos disfrazados de consejos sabios. Nuestros padres, normalmente, repiten los consejos recibidos de sus padres, que los habían recibido de los suyos. Es estupendo descubrirnos recitando supuestos a nuestros hijos. Decimos que son diferentes de nosotros, que tienen sus propias vidas, y sin embargo, les arrojamos supuestos que los conducirán a lo que está bien. Enarbolando el amor sentido pretendemos guiar la vida de los otros. No hemos aprendido a compartir supuestos con los otros, aceptando como válidos aquellos que son diferentes a los nuestros. La validez está referida a la existencia de otras verdades, cercanas y/o lejanas de las nuestras.

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 No es raro escuchar(nos) preguntar(nos) ¿qué se supone que debo hacer? si mi hijo tiene fiebre, si he perdido mi trabajo, si los negocios no andan bien, si el vecino se queja por mi loro y otras tantas situaciones cotidianas. Buscamos qué es lo bueno o al menos, por defecto: qué sería lo malo y así nos encontraremos, por fin, con aquello que está bien.

 Esto que tiene un funcionamiento prácticamente automático, nos aleja de una mínima aceptación de nosotros mismos y por ende de los demás. Sin esta aceptación no podemos alcanzar el tibio cobijo del amor (a nosotros y a los otros) y estamos siempre buscando afuera lo que no tenemos o sentimos que nos falta. Esta búsqueda es efectuada con el molde personal en la mano y como si se tratara del zapatito de Cenicienta vamos probando quién o qué “encaja” en nuestro molde.

 Puede ser que llegue un día en el que el cansancio se instale en nuestro ser que con total desparpajo deje de aceptar mansamente el molde que venimos utilizando desde hace ya tanto tiempo. Sucede algo parecido a lo que podría sucederle a un intérprete de piano que en un concierto se le mezclan las hojas de la partitura de la obra que ejecuta. Comenzará a interpretar una obra diferente a la esperada.

 Jugar (en su connotación sagrada) a evaluar nuestros supuestos es entretenido, sobre todo si lo hacemos con otros. En la soledad puede ser que se convierta en una tarea ardua, complicada y hasta imposible. No jugar con ellos, es resignarse a no ser, a no enterarnos quiénes somos y a aprender de memoria nuevos mandatos, que creemos más eficaces, y a volver a repetir el circuito. Nos nos aceptaremos porque lo decretemos.

 Nuestras creencias son muros que comienzan a levantarse entre nosotros, en nuestras interrelaciones: afectivas, profesionales, sociales y laborales. Incluso, aparecen en nuestro diálogo interno, materializadas en nuestras acciones.

 No estoy hablando de decretar inútil a nuestro molde. Estoy hablando, primero: de una aceptación de su existencia, y luego: de una prolija y profunda revisión, para, así, poder actualizarlo o reformalo. No me refiero a una negación ni a un maquillaje.

 Ante esta evaluación, podemos llegar a sentir que lo que venimos pensando pierde sentido. Pocas cosas de las que hacemos y escuchamos continúan teniendo el sentido que antes tenían. Es en esos momentos en los que comenzamos a intimar con nuestro ser esencial, ese ser que sobrevivió bajo los cimientos de los muros que fuimos construyendo a lo largo de nuestras vidas. Espacios estrechos, inteligentemente defendidos, que se terminaron convirtiendo en lo bueno, lo único, lo indiscutido. Eso que “supuestamente” se ajusta a lo que “creemos” que se espera de nosotros. Eso que hará posible que los otros nos acepten y nos quieran.

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 Son muchos los empresarios que con cara de desconcierto, y hasta miedo, me hacen la pregunta “¿y qué se supone que debo hacer?” y son muchas las veces que en ese momento se abre la oportunidad para comenzar a indagar posibilidades de posibilidades. Se inicia la primera de las luchas: aceptar a la incertidumbre, abandonando, al menos, algunas certezas. Generalmente la pregunta espera una respuesta cierta, concreta. Se trata de una pregunta que intenta asesinar a la duda. Otras muchas veces, este estado de vacío despliega su poder seductor y nos estacionamos en una quietud rebozante de duda, en la que nuestro ser tambien es negado, ahora utilizando un sofisticado circuito de senderos laberínticos que nos van internando más y más en un espacio de inacción.

 Lo que resulta pesado es que mientras que todo esto sucede andamos por la vida con cara sonriente y demostrando el pleno control de nuestros actos. Nos mostramos socialmente correctos. Un andar pesado que termina haciéndonos sentir fastidiosos (fastidio: desazón por una comida mal digerida o un olor desagradable, enfado, cansancio, hastío, repugnancia). Seguramente, muchas veces nos hemos escuchado decir: “no me banco más“.

 Un empresario me confesaba su cansancio. En su empresa trabajaban 50 personas, que dependían de sus decisiones. La primera punta que apareció fue su estilo de conducción que “hacía dependientes” a los otros, con lo que “se hacía dependiente” de los otros. Surgió así la creencia que solamente él podía decidir sobre ciertos aspectos de su negocio. Después de un tiempo, comenzó a hablar con sus colaboradores, los empezó a escuchar y se dió cuenta de que tenían mucho para ofrecerle, todo era cuestión de habilitar el carril adecuado para que lo hicieran. Se dió cuenta de que los otros no solo existían, sino que podían aportarle las salidas de unos cuantos laberintos personales que estancaban sus decisiones, muchas de ellas, empresariales.

 Es estupendo comprobar la calidad resultante del funcionamiento de los equipos de trabajo cuando entre sus miembros se logra la aceptación de una pluralidad de posiciones, supuestos o creeencias. Sin ir más lejos, un presupuesto económico debería ser el compendio de los supuestos consensuados de los directivos de una empresa. Cada una de las divisiones que componen a la organización presentan sus pronósticos basados en una gama de supuestos acordados previamente. Normalmente, termina siendo una lucha interna para defender territorios propios sin que se logre trascender lo individual o personal.

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 El proceso de revisión de los moldes personales es una irrefutable comprobación de que estamos vivos, de que avanzamos hacia nuestra esencia, hacia nuestra única, irrepetible e ignorada escala de valores, en la que no cuenta lo bueno y lo malo, sino lo que sentimos. 

Por: Oscar Osvaldo Conti

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