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La toma de decisiones es un proceso crítico para cualquier organización, porque de él depende su capacidad para hacer frente de manera efectiva y oportuna a los constantes retos que le plantea su entorno, y su habilidad para adelantarse a los acontecimientos y construir el futuro que desean alcanzar.

Hay muchos métodos para aumentar las probabilidades de que las decisiones que se tomen sean las adecuadas. De lo que se trata en última instancia es de que la alternativa que se elija sea la que más beneficios y menos riesgos represente. Por eso, hacer un buen análisis de la información disponible, aunado a tener claro lo que se pretende con la decisión, contribuye en mucho a lograr ese objetivo.

Tomar una buena decisión es elegir la mejor alternativa o curso de acción, en función del resultado esperado y de los recursos disponibles. Independientemente del método que se elija para tomarla, en términos generales el proceso que se sigue consta de los pasos que se detallarán a continuación.

Lo primero que hay que hacer es tener bien claro lo que se quiere decidir, para no perderse en el camino. En este sentido, ayuda ponerle nombre a la decisión, es decir, expresar de manera sencilla el propósito que se persigue con ella. A continuación, se debe hacer un análisis de los recursos con los que se cuenta (tiempo, información, gente, dinero, tecnología y todo aquello que se tenga). Paralelamente, se definen con precisión los resultados esperados con la decisión (lo que se quiere lograr en términos generales).

La lista de los recursos, por un lado, y la de los resultados esperados, por el otro, sirven de base para establecer los objetivos de la decisión, entendidos como las características que deberá tener la alternativa que se elija. Los objetivos son el primer gran componente de una buena toma de decisiones, por lo que resulta paradójico que muchas veces las personas o equipos encargados de tomarlas no los hayan definido, lo que hace muy probable que la decisión que finalmente se tome no sea la adecuada.

Importancia de los objetivos

Los objetivos de la decisión son muy importantes porque permiten dos cosas: una, eliminar alternativas; dos, encontrar aquéllas que mejor cumplen los resultados que esperamos.

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La eliminación de alternativas se hace mediante los objetivos que, por decirlo de alguna forma, no estamos dispuestos a perdonar. Cuando definimos qué características debe tener una alternativa para ser considerada como tal, estamos dando el primer paso para que todas las que no cuentan con ellas, se descarten sin mayor miramiento. Esta criba reduce el número de opciones y nos acerca al logro de los objetivos que perseguimos con la decisión.

Una vez eliminadas estas alternativas que no pasaron la prueba, se evalúan las que sobrevivieron; para ello, se analizan en función de las características, u objetivos, que nos gustaría que cumplieran, pero que no son indispensables. Conviene que estos objetivos deseados se ponderen, ya que seguramente algunos de ellos serán más importantes que otros, o simplemente se preferirán sobre los otros.

Entonces, se analiza en qué grado las alternativas disponibles llenan lo que buscamos. Para ello, se puede calificar este nivel de satisfacción que da cada una a los objetivos deseados, con lo que contaremos con una calificación final por alternativa. Podría pensarse que la alternativa a elegir será la que mejor calificada resulte; sin embargo, falta todavía un paso fundamental: evaluar el riesgo, que es el segundo gran componente de la toma de decisiones.

Toda decisión implica uno o varios riesgos, mismos que hay que anticipar y evaluar, para terminar el proceso seguros de que estamos eligiendo la mejor alternativa posible con los elementos de que disponemos. Ya se había comentado que la mejor alternativa es la que más beneficios (cumplimiento de los objetivos buscados) y menos riesgos presenta.

Cuando se sigue un proceso como el referido o alguno similar, la toma de decisiones se vuelve ordenada, la información se aprovecha al máximo, las probabilidades de éxito se incrementan y el peligro de que se fracase disminuye. Por supuesto que ningún proceso, por más racional que sea, será totalmente objetivo, lo que por cierto no es malo: en la toma de decisiones también debe intervenir la intuición, el “olfato”, el sexto sentido, o como se le quiera llamar al hecho de que los seres humanos somos capaces de ver con el corazón (por eso se llaman también “corazonadas”) lo que a veces es invisible para la razón.

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Sea cual sea el método elegido, decidir bien puede marcar la diferencia entre sobrevivir o salir de la jugada.

Autor  Horacio Andrade

http://cambiodecultura.blogspot.com/2010/02/decidir-bien.html

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