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Un jefe tiene que hacer hacer. Y con eso no me refiero a que tenga que hacer el doble, sino a que su trabajo consiste, básicamente, en conseguir que los otros trabajen. Fíjense en Pep Guardiola, el entrenador del sextacampeón Barça. Él no mete los goles, ni siquiera corre la banda o da los pases. Pero, desde el banquillo, consigue que sus jugadores formen un auténtico equipo. Les dice lo que tienen que hacer y dónde se tienen que colocar en el campo; pero no lo hace por ellos, ni los anula. Al contrario: les refuerza su personalidad, los tiene contentos y, así, consigue que saquen lo mejor de sí mismos.

Por supuesto, para conseguir eso, algunas veces los jefes (incluido Guardiola) tienen que mostrarse firmes, intransigentes e, incluso, dar un puñetazo en la mesa. Otras tienen que llegar a expulsar a los revienta-vestuarios del equipo. Y, lo más difícil de todo, en ocasiones, no les queda otro remedio que sorprender a las personas cuando lo están haciendo bien. Y, sí; lo entendieron perfectamente: hay que sorprenderlos precisamente cuando lo están haciendo bien. Hay que resaltar lo positivo; eso es lo que hacen los buenos jefes.

Ver y criticar los errores es muy fácil. Muchos jubilados que miran las obras lo hacen. Pero hay que ver cuánto nos cuesta reconocer el trabajo bien hecho, decir una palabra amable, admitir incluso que tu propio equipo está por encima de ti. Cuesta mucho (mucho más que dar cuatro voces o echar una bronca) pero cuando se hace, se empieza a notar que las cosas avanzan y que el grupo gira la cabeza para mirar, todos, en la misma dirección.

Y esa, esa es la principal diferencia entre “potestas” y “autoritas”. O entre autoridad de función y autoridad de prestigio. Lo explico: la “potestas” es el título, el papel con sello oficial, la placa en la puerta que nos dice que una persona es el jefe. Y la “autoritas” es la capacidad de esa persona para hacerse entender, respetar y, por supuesto, obedecer. Pero no se equivoquen, no hay que escoger entre una y otra. Ninguna es mejor que su complementaria; las dos son necesarias. O, dicho de otra manera: tan malo es no reforzar a una persona que tiene ascendente sobre los demás con un título que lo soporte, como ofrecer un nombramiento al que no es capaz de hacerse respetar, y mucho menos acompañar, por su futuro equipo.

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Si el prestigio no viene acompañado de la función corremos el riesgo de construir castillos en el aire. Es muy fácil tener carisma cuando no se tienen responsabilidades. Y también es muy fácil perderlo si esa situación de promesa se prolonga demasiado en el tiempo. Piensen en el príncipe de Gales, Carlos de Inglaterra. Está cerca de la edad de jubilación pero sigue siendo el eterno aspirante. Y eso, se mire por donde se mire, no tiene ningún sentido. Debe haber un equilibrio entre la responsabilidad realmente asumida y el cargo ostentado. Y, por supuesto, también debe haber un equilibrio entre el sueldo percibido, la responsabilidad ejercida, los resultados alcanzados y las demás circunstancias. Es un todo y cuando el equilibrio no se da, estamos haciendo el tonto. Eso de que uno ostenta el título y otro, normalmente el segundo, ejerce la función es un error mayúsculo. La función y el título deben ir juntos y, como los cambios de circunstancias son continuos, hay que ser ágiles a la hora de trasladarlos al papel o al boletín oficial. Ni es bueno trabajar en la sombra sin reconocimiento, ni es bueno exponerse a los focos sin tener los méritos para ello.

Y no hay que confundir esto con el trabajo en equipo o con la delegación de funciones. Se parece pero no es igual. En lo de delegar, por ejemplo, hay mucho mito. Delegar el trabajo es muy fácil; muy cómodo incluso. Lo realmente difícil es delegar la responsabilidad. La fama de caraduras que tenemos muchos jefes viene precisamente de ahí: de delegar las tareas mientras mantenemos el cargo y las prebendas para dedicarnos a verlas venir. En este sentido, hay tres tipos de jefes jetas: los incas, los aztecas y los mayas. Lo explico en pocas palabras: los jefes incas son los que estamos todo el día pero, directamente, no la “incamos”; somos fáciles de reconocer. Los jefes aztecas, por el contrario, somos los que vamos un par de horas al día; aunque, en ese tiempo, lo único que decimos es: tú, “aztecargo” de esto y tú, “aztecargo” de aquello. Y, finalmente, los jefes mayas somos los que entramos, con prisa, por una puerta y salimos, por la otra y, de la que pasamos corriendo, nos limitamos a preguntar: ¿“mayamao” alguien?, ¿a que no “mayamao” nadie?

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Así que ya saben: si quieren ser buenos jefes, sean coherentes, trabajen, respeten a los demás pero, sobre todo, empiecen por respetarse a ustedes mismos.

Autor Inaciu Iglesias

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