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La supervivencia, el progreso personal y profesional en el seno de una organización competitiva e innovadora no son, para nada, tareas simples o relajadas. Es obvio que el trabajo colectivo en estos entornos constituye un desafío, pero no es bueno que olvidemos que el ejercicio cotidiano de un profesional cualificado en la innovación requiere de condiciones y esfuerzos que a menudo no son fáciles de implementar ni de impulsar.

Tal y como suele decirse de los bebés cuando nacen, los directivos o los mandos intermedios tampoco traemos incorporado prospecto o manual de instrucciones en el que pueda leerse cuál es la posología del éxito; cuales son las contraidicaciones de la excelencia profesional o cuales son las incompatibilidades de la innovación. Parece que ese libro de estilo lo perdimos hace tiempo o tal vez nunca lo tuvimos.

Empleamos mucho tiempo y considerable esfuerzo en facilitar la excelencia colectiva, pero con frecuencia solo somos capaces de enunciar unas cuantas ideas inconexas y poco prácticas con relación al progreso profesional, algo que debemos considerar un requisito previo a la tan deseada excelencia corporativa o a la práctica efectiva de la mejora continua.

Es cierto que abundan las publicaciones de autoayuda en las que, en términos más o menos místicos y difusos, se nos promete algún tipo de Nirvana profesional o de Valhalla corporativo, a través de cómodas, fáciles y descansadas recetas teóricas. Nada de eso. No estamos hablando de tal cosa, sino de aplicar pautas para la mejora del desempeño individual, de la misma forma que tratamos de lograrlo de cara a la práctica colectiva dentro de cualquier compañía o equipo de trabajo.

Tal vez en los últimos tiempos sí estemos confiriendo mayor importancia a la formación y al entrenamiento de directivos en materia de habilidades útiles dentro de la organización: liderazgo, gestión del tiempo, comunicación, reuniones eficaces, etc. No obstante, queda mucho por hacer en este ámbito y tal vez estemos acusando ahora un tremendo déficit en nuestra capacitación de base, al menos en este tipo de destrezas.

Con el propósito de facilitar los primeros pasos, podríamos acotar una serie de pautas sencillas y prácticas con poder para que cualquier profesional sea capaz de intentar seguirlas, con la ayuda de la formación continua o con la imprescindible guía de los propios responsables de la organización:

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1. Intenta hacer lo que te gusta.

Intenta especializarte y mejorar en aquellas actividades y ámbito de conocimiento que te susciten mayor pasión. No olvides que debes elegir dentro de tu propia organización o, en su defecto, dentro de lo que realmente existe en el mercado.

2. Trata de terminar primero el trabajo más duro y deja el más fácil para después.

Elige las primeras horas de la mañana para ejecutar las tareas y operaciones que te parezcan más duras, exigentes o aburridas.

3. Trabaja intensamente, sin interrupción, por períodos cortos de no más de 90 minutos y luego toma un breve descanso.

Noventa minutos parece ser el tiempo máximo en el que puedes aportar el máximo nivel de atención a cualquier actividad.

4. Busca la retroalimentación de algún experto o de algún superior funcional, pero solo en dosis intermitentes.

Cuanto más simple y más preciso sea el feedback, mayor utilidad tendrá para ajustar nuestro desempeño. Demasiado feedback, demasiado continuo puede llevarnos a la ansiedad o a la distracción.

5. Convierte tu trabajo cotidiano en un ritual.

Procura buscar procedimientos que luego puedas repetir para ejecutar procesos y tareas. Te servirán de ayuda y de guía en momentos de duda o cuando tengas la necesidad de afrontar nuevos procesos.

Con toda probabilidad, la simple aplicación cotidiana de estas pautas mejorará las sensaciones y el rendimiento de muchos directivos, mandos intermedios o profesionales en general, muy especialmente si compartimos estas prácticas dentro de un equipo y somos capaces de articularlas con una cierta metodología de taller informal.

Autor Manuel Ramos

 

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