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Educación y mundo: ése es el mejor regalo que le podemos hacer a nuestros hijos. O a nuestras hijas. Y es verdad que no es gran cosa. Es más: ni siquiera les va a garantizar la felicidad. (Bueno, en realidad no va a haber nada que se lo garantice). Pero, eso sí, la buena educación y el mucho mundo les van a proporcionar, a ellos y a nosotros, dos herramientas muy útiles. De hecho, les van a proporcionar la mejor de las brújulas y el mejor de los mapas para moverse en esta vida tan complicada que nos estamos montando entre todos. Mucho mejor que el dinero o que un piso en propiedad.

Hay biografías muy duras; vidas que nadie quiere repetir. Y no hace tanto tiempo de todo eso. Algunas de nuestras abuelas, por ejemplo, vivieron una existencia tremenda: esclavas de la tierra, prisioneras de la casa, trabajando desde niñas, cuidando de padres y hermanos, haciéndoles la cena y lavándoles la ropa. Todo el día disponibles, sin protestar, sin poder opinar ni tomar decisiones por ser mujeres. Teniendo que dejar la escuela en cuanto aprendieran a leer y las cuatro reglas. Sin futuro profesional propio. O sin otro futuro que no fuera casarse jóvenes para poder escapar de todo aquello. Algunas lo consiguieron: algunas trabajaron duro, prosperaron, llevaron una vida digna y salieron adelante. Otras no; otras fueron a peor. Y es que, muchas de aquellas niñas, sin mundo ni formación; sin brújula ni mapa; acabaron prisioneras de maridos inútiles que las respetaban todavía menos que sus padres.

No hace tanto de todo aquello. Y mucho de lo que nos pasa hoy viene de ahí, de ese desprecio ignorante por la tierra y por la gente. De ver cómo la propia casa se derrumba y la familia se arruina porque las decisiones las tiene que tomar el más tonto de todos solo porque es un hombre. De ver cómo se deja morir lo que los mayores levantaron con tanto esfuerzo. De preferir quemar un monte antes que permitir que otros se aprovechen de él. ¡Cómo no va a quedar vacío el campo! ¡Cómo no se van a abandonar las casas! ¡Qué madre quiere para sus hijas un futuro así! No, hombre, no. Solo los cobardes y los acomodados están condenados a repetir la historia. Los desesperados, no. Y, por eso, en cuanto la niña cumple veinte años, con los cuatro duros que se pudieron ahorrar, la subimos en un ALSA y la mandamos a cualquier parte. Donde sea. A trabajar de lo que sea porque nada va a ser tan duro como lo que deja atrás. No. Mi hija no va a pasar lo mismo por lo que pasé que yo.

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Todo está relacionado. Nada es por casualidad. Por eso la educación no puede consistir solo en aprender a escribir y las cuatro reglas. O física cuántica y lógica comparada. No. La educación es mucho más. La buena educación debe servir para formar ciudadanos autosuficientes y útiles a la sociedad. Para entender que todo lo que recibamos de los otros lo debemos devolver con creces. Y viceversa: para entender que debemos ofrecer a la sociedad aquello en lo que creemos ser realmente buenos. Esa es la teoría y, la verdad, no es tan difícil. Piénsenlo: cuando una persona es autosuficiente, termina siendo útil para la sociedad; y cuando una persona es útil a la sociedad, termina siendo autosuficiente. ¿El truco? Que la mentalidad positiva, el círculo virtuoso, se acaba transmitiendo a todo el entorno y termina volviendo a nosotros con efecto multiplicador.

Y luego está el mundo: la experiencia, la práctica, la mentalidad abierta, conocer otros puntos de vista, vivir otros puntos de vista, viajar, tratar con gente distinta a nosotros. Eso es el mundo y por eso son tan importantes los idiomas. No solo porque sean útiles para preguntar una dirección o pedir una factura; que también; sino porque nos permiten entender mejor la forma de pensar de los otros. Entender su forma de pensar y su forma de explicar su mundo. Y, así, entendiendo a los otros, podemos acabar entendiéndonos mejor a nosotros mismos. Y valorando lo de los otros, podemos llegar a valorar mejor lo nuestro. Y ver que las casas, las haciendas, los montes, los trabajos, las familias, las personas, en definitiva la tierra de los otros, no es mejor ni peor que la nuestra. Es distinta. Y solo si la respetamos y nos respetamos a nosotros mismos podremos prosperar. Nosotros y nuestras hijas.

Educación y mundo, ésa es la clave.

Autor Inaciu Iglesias

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