por Ramón Lubián

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Lo tiempos que corren no son fáciles y, en ocasiones, impulsan a las empresas a tomar decisiones precipitadas. Hoy en día, la máxima de hacer más con menos está de plena actualidad dentro de los departamentos financieros de las empresas, que analizan de dónde recortar para seguir manteniendo a flote el barco. Son muchas las partidas que estudiar a la hora de tomar una decisión, ya que una equivocación en este sentido puede hipotecar el futuro de la organización. Se debe huir de impulsos y abordar este proceso con serenidad, sabiendo que la tormenta pasará y que nuestro barco no puede quedarse a la deriva.

Una de las partidas que debe ser intocable es el presupuesto que las empresas destinan a I+D+i, pues este se erige, más que nunca, en el motor de nuestra empresa en una coyuntura en la que es clave seguir siendo competitivos. Desafortunadamente, la visión de la I+D como un gasto, enraizada dentro del tejido empresarial español, sobre todo en el universo de las empresas de tamaño medio y pequeño, impondrá otra realidad. En este sentido, es importante que la pyme se conciencie de que la I+D no es solo un origen de coste sino también una fuente de ingresos. Según cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE), las pymes que invirtieron en nuevos productos entre 2006 y 2008 obtuvieron posteriormente el 50% de su facturación precisamente de estos productos.

¿Qué ocurrirá si, bajo la presión de reducir costes, estas no mantienen su inversión en I+D? En el mejor de los casos, dejarán de crecer, porque será muy difícil que sus ingresos aumenten, pero lo más probable es que experimenten una reducción de sus ingresos, con todas las posibles consecuencias que este hecho puede acarrear a la empresa. Véase pérdida de rentabilidad, merma de tamaño y posibilidades de desarrollo, menos opciones para la obtención de crédito, etc.

Es, por tanto, incuestionable que la inversión empresarial en I+D es un pilar fundamental para la supervivencia de las empresas. Ahora bien, no todo el monte es orégano y no basta con mantener esta partida sino que debe asumir que es un presupuesto que ha de planificarse. En la actualidad, las empresas, en especial las pymes, no trabajan con la previsión suficiente y gestionan este presupuesto sobre la marcha, ignorantes de los beneficios que les puede aportar una buena planificación del presupuesto destinado a I+D+i.

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Para conseguirlo es clave tener presente varias consideraciones. En primer lugar, la inversión en I+D ha de estar encaminada a cumplir con los objetivos que la empresa tiene marcados. La I+D no es un departamento aislado dentro de la empresa sino que forma parte de un todo que persigue un determinado fin, como por ejemplo, incrementar cuota de mercado, aumentar facturación, etc.

Segundo, es necesario elaborar un presupuesto individualizado por proyecto en la medida en que cada uno tiene necesidades específicas que deben ir acompañadas de una movilización de recursos concreta (no solo cuánto dinero vamos a necesitar sino también, por ejemplo, cuánto tiempo vamos a necesitar para llevarlo a cabo). Lo más lógico es hacer una selección de los proyectos favoreciendo aquellos en curso, siempre que su viabilidad técnica y económica continúe siendo positiva, o que resultan estratégicos para la empresa.

Tercero, es imprescindible que en ese presupuesto se contemplen posibles contingencias e incertidumbres que pueden surgir durante el proyecto. Para minimizar el impacto de esta incertidumbre, las empresas cuentan con diferentes vías de financiación estatales (subvenciones y deducciones fiscales) que les ayuden a reducir el riesgo y aumentar de este modo la rentabilidad del proyecto.

La creciente globalización del mercado, unido a una coyuntura harta complicada para la salud financiera de las empresas, exige a los responsables de las organizaciones un compromiso con la innovación, no solo desde el punto de vista presupuestario sino también de la planificación.

 

Autor Ramón Lubián – Consultor ingeniero experto en la financiación de la innovación

 

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