Por Josep Tàpies

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Un espacio para aprender que no es necesario ser una empresa grande para ser una Gran Empresa
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Por Josep Tàpies

En la terminología común se ha asentado la separación entre el accionista “activo” y accionista “pasivo”. Pero si aceptamos esta división, lo hemos de hacer desde el punto de vista de actitud, compromiso e interés y no desde el punto de vista de actividad presencial o en la gestión de la empresa.

Uno no decide en qué familia va a nacer. Pero sí que decide a que empresa va a pertenecer.

Ser o no ser accionista de una empresa familiar, es un derecho que se define libremente, y fuera de las connotaciones económicas y financieras, representa una expresión de compromiso y voluntad de continuar un legado iniciado por la familia fundadora. Pero nadie puede ser obligado a aceptar este legado.

El hecho de asumir el rol de accionista supone aceptar una responsabilidad histórica, institucional, social y familiar que cambia los derechos, las obligaciones, y las posibilidades dentro de la familia y de la empresa. Y por ello, el mero acto jurídico de aceptar en herencia las acciones  implica la asunción y disfrute del legado familiar  y altera la vida y las responsabilidades que se asumen hasta que el accionista decida dejar de serlo por cualquiera de las causas que recogen los ordenamientos jurídicos.

Una vez asumido el rol de accionista de una empresa familiar, el poseedor de las acciones ha de ser consciente que uno de los principales propósitos de la empresa familiar es desarrollar responsabilidad social, societaria y familiar, comprometiéndose en mejorar el entorno en el que está asentada. Y esto conlleva asumir riesgos y generar valor tanto hacia dentro, como hacia fuera.

La dimensión social de las empresas familiares marca la diferencia. Todas ellas, forman parte del paisaje social. Están arraigadas en la sociedad donde operan  y esa pertenencia genera unas exigencias que se manifiestan en el compromiso de devolver a la sociedad parte de lo recibido, y sentirse orgullosos de formar parte de un próspero proyecto humano, social y empresarial.

Un accionista comprometido siente y vive este orgullo de pertenencia, porque cree en el proyecto y está motivado por el mismo. Trata por todos los medios de mantener el espíritu emprendedor, y lo hace informándose y formándose, para poder aportar las mejoras, perspectivas,  ideas y sobre todo, el amor y respeto por un legado que pertenece a las futuras generaciones.

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Una empresa familiar, puede ser íntegramente dirigida por profesionales no familiares, pero con el accionariado comprometido con los valores, el legado y la continuidad del proyecto empresarial en manos de la familia fundadora, no habrá accionistas “pasivos”.

Autor Josep Tàpies

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