por Roberto Celaya Figueroa

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Los pasos que uno da en la vida llevan implícitos el riesgo de caer y aunque esto es algo normal también es algo que uno no busca ni desea pero de lo cual pueden sacarse lecciones de trascendencia y plenitud.

Dicen que en una ocasión iba una persona ya mayor caminando al lado de un joven cuando de repente los dos tropezaron. El joven, impetuoso, se puso a golpear el suelo y maldecir durante buen rato hasta que, una vez que le pasó el mal rato, cayó en cuenta que el anciano no paraba de reír y festejar. Asombrado de esto le preguntó que si por que se reía cuando su caída (la del viejo) había sido tal vez incluso hasta más estrepitosa y avergonzante por la cuestión de la edad, entonces el anciano le respondió “mira, yo ya estoy viejo y me tomo las cosas con más calma, así que cuando me caí en vez de molestarme me puse a ver con qué me había tropezado y ¡mira! –dijo mostrando una piedra brillante- ¡encontré que me había tropezado con un diamante!”.

Afortunadamente como humanos estamos propensos (yo diría que muy propensos) a caer en nuestro andar por la vida, y digo afortunadamente pues las caídas, aparte de enseñarnos humildad y empatía, pueden permitirnos no solo aprender sino fortalecer nuestro carácter, siendo que esto dependerá en parte de nosotros.

Cuando se señala que esto del aprender y fortalecer nuestro carácter dependerá “en parte de nosotros” se refiere a que como seres libres e independientes podemos influir en nuestra vida y nuestro destino, pero que no todo depende de nosotros, imaginemos simplemente si nuestro crecer en la vida dependiera de nuestra inteligencia, nuestra voluntad o nuestra conciencia ¡realmente sería algo mucho más complicado de lo que ya es!, así que podemos influir en nosotros y nuestro andar pero en parte. La otra “parte” es la naturaleza misma de nuestra vida, la forma en que por el simple hecho de existir y estar vivo nos va sometiendo a pruebas que de manera a veces imperceptible y otras violentamente, van haciendo pequeños y grandes cambios en nosotros.

En el primer caso, cuando participamos de nuestro crecimiento de manera libre y voluntaria nuestra colaboración es activa, es decir, nosotros decidimos y cooperamos con nuestro propio crecimiento; en el segundo caso, cuando es la vida misma la que va haciendo cambios en nosotros, nuestra participación es pasiva, es decir, podemos cuando muchos darnos cuenta de esos cambios si nos prestamos atención. Pero independientemente de ello en los dos casos la conciencia de nuestro andar nos puede hacer encontrarnos esos diamantes en el camino, incluso ante las caídas de la vida.

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Hagamos un ejercicio que propongo en los talleres de desarrollo humano, piensa en un evento que pudiéramos enmarcar como una caída o un error en tu vida pero que haya sucedido hace cinco años o más, ¿qué aprendiste de ello?, ¿cómo te ves ahora?, ¿qué cambios se han dado en tu persona a raíz de ese evento?

Ahora vamos sobre la segunda parte del ejercicio. Recuerda con detalle cómo te sentías en el momento en que se dio esa caída, tropiezo o error, ¿cómo te sentías?, ¿qué pensabas de ti mismo?, ¿qué pensabas de la vida y los demás?

El ejercicio tiene que hacerse de esta manera ya que si se voltea la secuencia retrospectiva (hacer primero la segunda parte), no te permite ver lo aprendido, pero por la forma en que está configurado te permite ver la sabiduría adquirida pero también como es que en el momento ésta no era perceptible.

¿Piensas que te voy a decir que a la siguiente vez que caigas en vez de quejarte, llorar o maldecir veas que has aprendido? Pues no, esto último viene una vez que la lección se ha asimilado y esta asimilación es frustrante y dolorosa, así que primero quéjate, llora o maldice pero después no dejes de recoger el diamante con el que te has tropezado, después de todo de cada caída solo hay una pregunta que tiene sentido: ¿qué puedo aprender de esto?

Autor Dr. Roberto Celaya Figueroa rocefiarrobahotmail.com –   Socio Director de Consultoría Independiente www.rocefi.cjb.net.

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