Por Mauricio Priego

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reqPor Mauricio Priego

Este era un hombre que soñaba con ser rico. Un hombre que repetía convencido que si bien el dinero no daba la felicidad, su ausencia sí llevaba a la tristeza. Se veía a sí mismo entrando un día a la oficina de su jefe indicándole que renunciaba al trabajo debido a que ya no lo necesitaba, veía a sus hijos disfrutando de una casa grande con alberca y a su esposa relajada ya que tenía personal doméstico encargado de la limpieza y la cocina.

Ensoñaba con vacacionar en lugares nuevos, en la comodidad de un nuevo automóvil, en no tener que contar los centavos cada vez que cumplía algún gusto de su familia. ¡Así tendría tiempo de hacer ejercicio, de participar con su iglesia y de colaborar en actividades para el bien de su comunidad! Y solía dejar a su mente divagar en esos pensamientos mientras se bañaba en la mañana y mientras manejaba hacia el trabajo.

Hombre honesto y responsable, trabajaba duro y no dejaba que sus ensueños interfiriesen con sus actividades, viendo con el paso del tiempo recompensados sus esfuerzos al alcanzar nuevos puestos, y con ellos mejores ingresos y mayores prestaciones. Un día, sentado en un parque viendo jugar a sus hijos, llegó hasta él una dama que seguramente acompañaba a sus nietos, la cual se sentó en la misma banca y se dispuso a observar el juego de los niños.

– Quién como ellos, ¿no cree? – Comenzó el hombre – Son felices con tan sólo un poco de aire libre para jugar.

– Cierto. – Le respondió la dama – Aunque nosotros tenemos la oportunidad de ser felices con la oportunidad de verlos jugar.

– Lástima que no sea algo que pueda hacerse todos los días. Con las largas horas laborales por un lado, y los compromisos y tareas escolares por el otro, es poco el tiempo que queda para vivir estos momentos.

– Siempre quedará en nuestras manos la decisión de tomar tiempo para vivirlos, ¿no cree?

El la observó unos momentos. Seguramente la dama se encontraba ya retirada y había olvidado lo demandante que llegan a ser los trabajos.

– Ojalá sólo se requiriese decidirlo. – Suspiró – Pero hay obligaciones y compromisos que cumplir. Las cosas no se pagan solas. Hay que trabajar para hacerlo.

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– ¿Es lo que inculca a sus hijos?

Una pregunta tan directa le hizo sentir incómodo. Rayaba en la indiscreción. Pero la dama se mantuvo observando a los niños por lo que él decidió pasar la pregunta por alto. Quizá la edad la hubiese vuelto algo impertinente.

– Les inculco que se esfuercen para conseguir lo que quieren. – Se limitó a responder.

– ¿Y lo que quieren se consigue cumpliendo obligaciones y compromisos y pagando cosas?

– A menos que sean ricos, sí. – Definitivamente la señora era impertinente. Era hora de terminar la plática.

– ¿Y cómo sabe uno que es rico?

La pregunta lo tomó desprevenido, cortando su impulso por levantarse.

– ¿Disculpe?

– Sí. Cómo puede alguien saber que ya es rico.

– No sé… – Nunca había pensado en ello – Cuando se tiene mucho dinero, supongo.

– ¿Y cómo sabe alguien que ya tiene mucho dinero?

– ¿Cuando tiene más de lo que necesita? – Contestó el hombre con ironía.

– ¿Y para qué querría alguien más dinero del que necesita? ¿Para comprar cosas que no necesita? Eso nos llevaría a que ser rico significa tener dinero para derrocharlo.

– No necesariamente. – Respondió pensativo – Al tener un excedente de dinero se podría ayudar a personas necesitadas… Y como además ya no se tendría que cumplir con un horario laboral, se podría tener tiempo para dedicar a la familia, amigos y actividades de beneficencia.

– Entonces, ¿sólo las personas con mucho dinero ayudan a personas necesitadas? ¿Sólo quienes no tienen un horario laboral que cumplir dedican su tiempo a servir a otros?

El hombre se quedó viendo a los niños que jugaban… No, no a los niños, sino más allá de los niños. Por su mente pasaron imágenes de personas llevando paquetes de ayuda para los damnificados de un terremoto o de la sequía. Personas que poniéndose una pelota roja en la nariz y una bata blanca, aprovechaban un momento de descanso en sus trabajos para llevar un rayo de alegría a niños internados en hospitales. No pudo dejar de sentir un estremecimiento al recordar a aquellos grupos, que vendiendo boletos de rifas, juntaban recursos para apoyar a personas enfermas, madres solteras, ancianos abandonados, niños huérfanos. A personas que aprovechaban sus habilidades para juntar fondos que después eran destinados a quien más lo necesitaba.

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Y en ese momento su mirada se cruzó con la de sus hijos. Estaban radiantes, ¡felices! Y a través de su mirada recordó las navidades juntos reunidos en familia, recordó momentos alegres en compañía de sus compañeros de trabajo, pudo sentir el abrazo de sus amigos y el amor de su esposa. Por alguna razón un par de lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas mientras recordaba momentos en la playa o en el bosque cuando no pudo más que agradecer a Dios por tanta belleza. Un nudo en la garganta le impidió hablar mientras agradecía en ese momento a Dios por todo lo que le había bendecido…

– Sus nietos tienen un gran regalo al tenerla a usted por abuela… – Dijo cuando pudo encontrar nuevamente sus palabras.

– No tengo nietos…

El hombre giró la cabeza para ver a la dama, pero ya no estaba ahí. Por alguna razón no le sorprendió. En medio de una extraña paz y alegría que brotaban de su interior, comprendió que la riqueza había estado en todo momento al alcance de su mano.

En ese momento sus hijos lo llamaron para que fuera a jugar con ellos.

Y él, con la sonrisa que sólo un alma agradecida puede proyectar a través de la mirada, se levantó a disfrutar de su riqueza.

Fuente: http://practifinanzas.com/2012/04/el-hombre-que-alcanzo-la-riqueza/

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