Por Rosa N. Trevinyo-Rodríguez

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A veces, fruto de la necesidad económica, la visión de una oportunidad de mercado o simplemente la voluntad y pasión por lo que se hace, se toma la decisión de aceptar riesgos, de ingresar al ruedo y convertirse en empresarios. Durante este proceso es usual que la pareja de uno esté cerca, apoyando las decisiones, alentando en momentos de duda y trabajando duro para “vender” y hacer funcionar el reciente sueño empresarial. Ante esto, no suele pasar mucho tiempo antes de que la pregunta de los sesenta y cuatro mil ocurra: “Mi amor… ¿y si trabajamos juntos? ¡Es la oportunidad de crear nuestro propio negocio familiar!”.

Antes de dar el sí y embarcarse en un proyecto en pareja, hay que pensar y reflexionar sobre el impacto que esta decisión puede tener tanto en la relación de pareja como en la de trabajo. Trabajar tiempo completo con el “alma gemela” de uno puede ser peligroso si no se establecen las condiciones idóneas para ganar-ganar, si no se tiene claro qué se quiere construir juntos (sueño compartido) y si se carece de la pasión necesaria para “sacrificarse” sin reprochar a otros o sentirse acabado. Al final de cuentas, uno tiene la libertad de elegir las cadenas a las que desea atarse; es una decisión personal. Hay que elegir bien y medir consecuencias.

Un sueño compartido

Una pareja tiene lazos afectivos saludables cuando sus integrantes pueden llegar a un buen acuerdo entre lo que cada uno de ellos, como individuos, desea y necesita, y sobre lo que como pareja ambos aspiran construir. Lo anterior implica arduos procesos de comunicación y negociación donde ciertos gustos, convicciones o comportamientos serán modificados o compensados, y otros serán respetados por ser irrenunciables. Las ilusiones personales y profesionales son ese tipo de temas no negociables.

Y, aunque en nuestra cultura se nos ha enseñado desde niños que hay que respaldar a “nuestra media naranja”, la relación afectiva puede pender de un hilo si se fuerza una relación laboral cuando no se está satisfecho con el proyecto empresarial. Por ello, solamente se debe acceder a colaborar con la pareja cuando se tienen sueños de negocio afines, cuando exista una fuerte pasión por el proyecto común y cuando se tiene certeza de que se desarrollará el propio potencial. Se deben evaluar las personalidades de cada uno y analizar si “encajan” no solo como pareja, sino como socios o colaboradores; y si se puede “construir” más que “destruir” en estas esferas.

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Hay que preguntarse: ¿por qué quiero trabajar con mi pareja? ¿Por qué en este negocio? ¿Qué pretendo alcanzar profesionalmente con esto? ¿Qué podemos hacer juntos que solos no podamos lograr? Se debe ser honestos y no inventar argumentos… “Porque me necesita” no es una opción válida… La respuesta debe ser: “Porque me apasiona y me siento realizado”.

Separar para unir

Además, ambos deben tener la lucidez suficiente como para diferenciar entre la relación de pareja, o sea, el proyecto de vida que los une; y la relación de trabajo, es decir, el proyecto de negocio en el que colaboran. El ser “almas gemelas” no necesariamente implica que sepan y que deban trabajar juntos. De hecho, el error más común es no dimensionar los roles que se desempeñan en cada ámbito y no establecer los límites claramente. Llevar las discusiones de trabajo a la casa y los temas de la casa/pareja al trabajo puede convertirse en “una bomba de tiempo” y generar conflictos de pareja que tarde o temprano se verán reflejados en la operación del negocio.

Adicionalmente, tener claro la extensión de tiempo que se quiere asumir este compromiso también determina el éxito o fracaso de la relación familiar y empresarial. Por ejemplo, existen casos en que algunas parejas han establecido desde el momento en que inician a trabajar juntos, que al momento de cambiar sus prioridades, estos adaptarán sus roles en la organización o saldrán de ella. Es así como algunas mujeres deciden que cuando nazcan sus hijos tomarán una licencia y se comprometerán a ser madres de tiempo completo, mientras otras buscan esquemas de trabajo más flexibles que puedan apoyarlas a balancear temas familiares y profesionales. Cualquiera que sea el caso, lo importante es que no sea una decisión que tome por sorpresa, y que haya sido conversado antes de comenzar a construir una empresa juntos.

Finalmente, es importante que antes de aceptar (o no) colaborar se aclaren puntos relevantes sobre la relación de trabajo y depareja. Ejemplos de estos son: ¿quién manda a quién?, ¿en qué áreas podré decidir?, ¿se respetará mi decisión? Conocer qué orden impera, bajo qué circunstancias y cómo se llevará a cabo la toma de decisiones facilitará la convivencia y el trabajo en equipo. De la misma forma, a nivel de pareja hay que explorar cuestiones como: ¿qué pasará si nuestra relación afectiva termina?, ¿seguiremos trabajando juntos?, ¿cómo nos repartiremos la propiedad del negocio en caso de separación?

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Plantear hipotéticamente “situaciones críticas” ofrecerá la oportunidad de visualizar un futuro incierto, de asentar reglas compartidas cuando se está “de luna de miel” –es decir, cuando se está ilusionado con el proyecto familiar y empresarial–, y a prevenir el conflicto que pudiese generarse cuando la relación personal o profesional está desgastada y existe una inmensa carga emocional.  Más vale prevenir que lamentar.

¡Se debe ser sincero con uno mismo y con la pareja! Aprender a cumplir los ideales y pasiones personales y profesionales, a comunicarse, a negociar, a clarificar roles y a establecer las reglas del juego. Y, si el sueño empresarial no es compartido, ¡qué mejor que seguir apoyando “desde cerca” (pero fuera) a “nuestra media naranja”! Esto evitará reproches tardíos. Frases como “sacrifiqué mi carrera profesional y personal por este negocio” no suelen unir, sino dividir.

Autora  Rosa N. Trevinyo-Rodríguez

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