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El afecto como estrategia

por Luis Arturo Quesada Oviedo

Lo que incita a las personas a seguir al líder o jefe, no es la inteligencia ni los argumentos lógico-racionales, sino una adhesión afectiva.

En todo lugar encontramos líderes y/o jefes que pretenden dirigirnos, y que intentan guiar nuestro destino. Sin embargo, ese poder que se le ha conferido al líder para que lo ostente, muchas veces es totalmente bloqueado por los posibles dirigidos. La razón, los argumentos que utiliza no nos mueven, no nos incitan, no nos convencen y sobre todo sabemos que la inteligencia, el razonamiento, la venta que se ha hecho de su imagen, son verdaderos constructores de sus propios intereses personales.

A veces fabrican un supuesto “líder” para su prolongación en el poder (poder detrás del trono), como muchas veces sucede en la política. Cuando sale el ” supremo” dándole la bendición, hablando por su “líder” y defendiéndolo a capa y espada, observamos el uso de argumentos racionales e inteligibles. Ese poder que antes le fue conferido a este interlocutor, de pronto se ve pisoteado sin que los miembros lo escuchen, porque es decepcionante, politiquero, y prefabricado. Por consiguiente, logra el efecto contrario, pues lejos de vender esa presunta imagen racional, lo que consigue es repudio de los miembros de la comunidad, que ayer sí le escuchaban pero en virtud de los insumos recibidos. Hoy ya no le escuchan y más bien se le revelan.

El poder de convencimiento corresponde a una empresa psicológica del líder sobre los individuos: ha sabido convencer a los demás –por lo menos a la mayoría– de que es necesario inclinarse ante sus ideas. Y, en cierto sentido, el poder de persuadir es necesario para la supervivencia de la sociedad, porque toda sociedad descansa en el reparto de roles y funciones. Este reparto se apoya de cierto modo, en la facultad que tiene cada uno de persuadir a los demás de que él puede desarrollar eficaz y eficientemente tal o cual función. En todos los momentos de la vida, a todos los niveles, la vida en sociedad exige de nosotros el don del afecto, el cual se convierte en el don de persuadir.

Saber escuchar

Para conocer a aquel que queremos persuadir, el mejor método consiste en hacerle preguntas y escucharlo. El “líder” tradicional constantemente manifiesta que él tiene las soluciones a todos los problemas, que conoce las dificultades y necesidades del pueblo y que sabe perfectamente lo que el país requiere para salir adelante. Este líder (del cual a veces sus padrinos le hacen gran daño por estar junto a él o en el peor de los casos, por hablar de él), es el líder racional, el líder de la intelectuabilidad, el líder de las obras… pero sin carisma ni para convencer a sus hijos.

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Él, que escucha con paciencia y detenimiento cual es el sentir de la comunidad, utilizando una actitud afectiva, de pronto podrá observar la adhesión a su persona.

El líder con este carisma, que puede ser innato o adquirido, es un miembro más de la comunidad, es un vocero que de pronto puede surgir como el representante leal y fiel de la comuna. Con tan solo la postura de sus acciones afectivas, puede, contra todos los pronósticos, ser un líder arrollador, máxime cuando la comunidad se siente defraudada por anteriores líderes que con sus acciones racionales e intelectuales, produjeron una frustración en los miembros de la comunidad que ayer le habían depositado su confianza.

La factura

Cuando los miembros de la comunidad sienten que les están imponiendo un líder, pero que ellos son quienes tienen la potestad de su nombramiento, se revelan enérgicamente contra quienes dicen ostentar el poder detrás del trono, contra quienes avalan y promueven a ese “líder” y sobre todo si han sido subestimados y engañados.

Cuando en esas circunstancias surge un líder natural, cuyo contenido aunque no profundo sí arroja grandes vibraciones de afecto (es considerado como un miembro del grupo), entonces las adhesiones surgen inmediatamente de forma acelerada y creciente. Esta es la factura que muchos dirigentes reciben al paso de los años o a la vuelta de la esquina.

En resumen, el grado de afecto o la estrategia afectiva no se construye ni se inventa, se trae y se gana a través de muchos años de ponerla de manifiesto.

Luis Arturo Quesada Oviedo

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