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Qué es la competencia emocional: los fundamentos – parte I

Competencia emocional: como coaches, sabemos como la falta de esta habilidad de las personas empobrece sus resultados y envenena sus vidas.

Competencia emocional es una expresión que alude a una habilidad clave en la vida de las personas y los equipos.  En nuestra actividad cotidiana vemos algunos estados de ánimo casi como enfermedades endémicas en las organizaciones.

Gerentes agobiados por la sobrecarga de compromisos, empleados resignados al mirar el futuro como un espacio sin posibilidades de valor o trabajadores resentidos por injusticias del pasado, son moneda corriente en los ámbitos mas diversos de actividad.

También vemos como, ante los quiebres cotidianos que las personas enfrentan, el techo de su desempeño tiene que ver, en muchísimos casos, con su incompetencia para lidiar con emociones como el enojo o el miedo.

Una historia conocida

La historia que describimos a continuación permite apreciar cómo las emociones, y la forma de relacionarnos con ellas (competencia emocional), pueden influir en el desempeño.

Mathiew Budd, el médico y profesor de Harvard que mencionamos antes, desarrolló un programa denominado ¨Caminos hacia el bienestar¨. Dicho programa trabaja sobre las interpretaciones, conversaciones y la conducta de las personas, y el impacto que tienen en su salud. Budd cuenta en su libro ¨Tu eres lo que dices¨ una experiencia personal: su miedo escénico.

A medida que su actividad como médico cobraba notoriedad, se multiplicaban las oportunidades de compartir su experiencia profesional en distintos foros en los que lo invitaban a participar brindando conferencias sobre su trabajo. El único problema era que lo aterraba hablar en público.

Así contaba su primera experiencia como conferencista:

“Por fin llegó el momento. Mientras Julie me estaba presentando, me sudaban las palmas de las manos y el corazón me latía con fuerza. Ni siquiera podía oír lo que estaba diciendo. Subí al estrado pase a leer mi charla, sin mirar prácticamente en ningún momento al público. Cuando lo hacía, mis miradas eran automáticas y poco sinceras, en mi esfuerzo por no parecer nervioso. Mi charla resultó insulsa. El público se mostró correcto, pero yo estaba decepcionado. Había comunicado mi mensaje desde un cuerpo asustado, y por lo tanto no me había mostrado convincente”.

Como los pedidos de dictado de conferencias se multiplicaban y su miedo no cedía, acudió desesperado a un hipnotizador llamado Lou, especialista en el tratamiento de fobias. Lou le propuso ejercicios que lo llevaban a evocar los momentos en los que el miedo lo asaltaba y lo invitaba a observar esa emoción y a permitirse sentir un poco lo que sentía habitualmente. Luego de varias sesiones comenzó a habituarse a su reacción en lugar de escapar de ella. Poco a poco comenzó a permitirse experimentar la sensación completa, lo que paradójicamente, parecía aliviarlo un poco.

Así presenta Budd en su libro esta paradoja:

“Después de algún tiempo. Lou me contó su secreto: ´Superarás esta reacción permitiéndote sentirla plenamente, no huyendo de ella. Si lo haces, te perseguirá.´”

Esta nueva perspectiva sobre su forma de experimentar sus emociones lo impactó y lo llevó a tomar una decisión. Cambió sus conferencias y comenzó a incluir en ellas un reporte de las reacciones de estrés que experimentaba. Incluía todo lo que podía: los efectos en su boca, el sudor en sus manos, la aceleración de los latidos de su corazón, sus pensamientos, etc.

Lo más revelador fue lo que comenzó a ocurrir luego de un tiempo y que Budd describe así:

¨Después de algún tiempo ocurrió algo milagroso. Cada vez que hablaba había menos y menos síntomas que describir. Mi respuesta asimilada estaba cambiando. Hoy sólo siento una li- gerísima punzada de temor antes de hablar, lo suficiente para movilizar mi pensamiento y mantenerme alerta. Esta experiencia me enseñó algo muy importante sobre el cambio y el aprendizaje a nivel emocional. Como Lou había dicho, es ne- cesario entrar en las emociones automáticas en lugar de escapar de ellas. Esto iba contra la intuición lógica, pero lo confirmaba mi experiencia y la de mis maestros y muchos de mis pacientes¨.

Desde este conocimiento pragmático, el difundido imperativo de: ¨dejen las emociones de lado que aquí estamos trabajando¨, parece un precepto muy poco efectivo para movernos en el mundo.

Para nosotros no existe mejor espacio para aprender a distinguir nuestras emociones y las de los demás (lo que llamamos inteligencia emocional), ni para aprender a lidiar con ellas (lo que llamamos competencia emocional), que el contexto cotidiano de actividades operativas en las que la gente está involucrada.

Podríamos decir que nuestra emocionalidad, lejos de tratarse de algo que hay que dejar afuera en los espacios de trabajo, constituye un aspecto central del que nos tenemos que hacer cargo como trabajadores y en especial como líderes.

Más aún, sostenemos que el ¨techo¨ del desempeño de un líder se define por su competencia emocional más que por otras habilidades. Lo que un líder efectivamente hace cuando el temor o la ira lo embargan, define en gran medida los resultados que será capaz de producir.

El temor que experimentaba el Dr. Budd se expresaba como tendencias condicionadas en su cuerpo que se traducían en respuestas reflejas que se gatillaban ante las situaciones que enfrentaba, por ejemplo al dirigirse a un auditorio.

Por lo tanto, desarrollar competencia emocional, se relaciona con la capacidad de observar las emociones propias y de otros, pero sobre todo se relaciona con aprender a lidiar efectivamente con ellas. Esto último implica siempre desarrollar nuevas tendencias condicionadas.

En este artículo nos proponemos, en primer lugar, abordar la inteligencia emocional como la capacidad de hacer distinciones respecto de nuestras emociones y las de otros.

En segundo lugar, abordaremos algunos principios para el desarrollo de competencia emocional, para desarrollar las habilidades para lidiar efectivamente con nuestras emociones y las de otros y para cultivar las emociones que consideremos positivas para nuestra vida. Pero hay algo que debemos explorar primero.

Pero… ¿Qué son las emociones?

“Los estados anímicos y las emociones son estructuralmente determinados y aprendidos. Por lo general, no se piensa de qué humor se quiere estar; este se ´adueña´ de nosotros”.

Matthew Budd

Puede ser útil comenzar por describir qué son las emociones, o cuales son los distintos modos de emocionar, por así decirlo. Para pasar después a considerar el tema de la competencia emocional. Nos valdremos para esto de una obra notable de Antonio Damasio, un neurólogo de origen portugués quien escribió un libro muy revelador titulado “En busca de Spinoza”. Esta obra aborda la neurobiología de la emoción y los sentimientos. El autor plantea que la emociones son parte de los dispositivos con los que estamos constituidos como especie y que tienen por objetivo promover nuestra supervivencia y bienestar.

Veamos cómo el autor describe estos dispositivos:

“… Todos los organismos vivos, desde la humilde ameba hasta el ser humano, nacen con dispositivos diseñados para resolver ‘automáticamente’ , sin que se requiera el razonamiento adecuado, los problemas básicos de la vida. Dichos problemas son: encontrar fuentes de energía; mantener un equilibro químico del interior compatible con el proceso vital; conservar la estructura del organismo mediante la reparación del desgaste natural; y detener los agentes externos de enfermedad y daño físico. La palabra homeostasis es el término apropiado para el conjunto de regulaciones y el estado resultante de vida regulada.

En el curso de la evolución, el equipamiento innato y automatizado de la gestión de la vida (la máquina homeostática) se fue haciendo muy refinado. En la base de la organización de la homeostasis, hay respuestas simples como el ‘acercamiento’ o el ‘alejamiento’ de un organismo entero respecto de algún objeto; o bien el aumento de la actividad (‘excitación’) o bien la disminución de la misma (‘quietud’ o ‘quiescencia’). Si seguimos ascendiendo en la organización, encontramos respuestas ‘competitivas’ o ‘cooperativas’. Podemos imaginar la máquina homeostática como un gran árbol multirramificado de fenómenos encargados de la regulación automatizada de la vida.”

Si exploramos ese árbol nos vamos a encontrar en las ramas inferiores con procesos metabólicos que incluyen procesos químicos y mecánicos como las secreciones o las contracciones musculares, por ejemplo. También vamos a observar reflejos básicos como el sobresalto, el alejamiento del frío o el calor extremos o la obscuridad.

Finalmente, también podemos incluir aquí al sistema inmune, que nos defiende de amenazas internas y externas como bacterias, virus o sustancias peligrosas. En las ramas de nivel medio nos vamos a encontrar con comportamientos de placer o de dolor (recompensa o castigo).

Por ejemplo la protección de una parte del cuerpo, alejamiento o acercamiento, expresiones faciales de alarma o sufrimiento, etc. En un siguiente nivel nos encontramos con varios instintos y motivaciones como por ejemplo: hambre, sed, curiosidad o juego, entre otras.

Las joyas de la corona

Más cerca de la cúspide llegamos a las emociones propiamente dichas. Entre estas podemos mencionar la alegría, el miedo, la vergüenza, el orgullo, entre muchas otras.

Las emociones propiamente dichas son consideradas por Damasio como las joyas de la corona de la regulación automatizada de la vida. Estas se pueden dividir en tres grupos que describimos a continuación.

Estados de ánimo o emociones de fondo, que se asocian con el humor, a lo que de ahora en más vamos a denominar estados de ánimo. Estas emociones suelen estar en el trasfondo y las descubrimos cuando nos preguntan “cómo estamos” y respondemos de acuerdo con este estado anímico, aunque no le podamos asignar una denominación.

Emociones básicas. Dentro del gran número de emociones que se pueden distinguir podemos encontrar las llamadas básicas. Podemos incluir aquí emociones que son de carácter universal y presente en distintas culturas y aún en especies no humanas. Suelen ser aquellas en las que primero pensamos al tratar el tema de las emociones y seguramente las mejor estudiadas.

Susana Bloch es una investigadora científica de las emociones humanas. Su trabajo es muy revelador ya que a partir de la observación de la fisiología de las emociones desarrolló un método denominado Alba Emoting, que permite inducir un estado emocional por la ejecución voluntaria de patrones respiratorio-posturo-faciales específicos. El resultado de las investigaciones de Bloch y el método que desarrolló, se pueden encontrar en su libro “El Alba de las Emociones”.

En su trabajo la autora distingue seis emociones básicas que describimos a continuación como referencia para nuestro trabajo: alegría, tristeza, miedo, rabia, erotismo y ternura. La autora considera a estas emociones como básicas ya que cumplen las siguientes características, ademas de que se pueden asociar con los patrones efectores específicos y universales:

  • Son biológicamente primitivas, en el sentido que tienen un particular significado evolutivo, relacionado con necesidades del individuo o de la especie para sobrevivir.
  • Tienen primacía para el desarrollo ontogénico (desarrollo del individuo considerado con independencia de la especie).
  • Aparecen a edad muy temprana, o bien algunos de los elementos están biológicamente programados ya al nacer. En el segundo mes de vida, el infante manifiesta comportamientos relacionados con las cuatro primeras emociones arriba señaladas y antes de cumplir dos años, el niño es capaz de conocer el significado de los términos emocionales correspondientes.
  • Tienen expresiones faciales universales, es decir comunes a la especie, y por lo tanto reconocibles por todos los individuos de una misma especie, independientemente de la raza, género o nivel cultural.

Damasio por su parte también considera como emociones básicas al asco y la sorpresa.

Emociones sociales. Aquí podemos distinguir un gran número de emociones asociadas a la convivencia con nuestros congéneres. Son ejemplos de estas emociones las siguientes: simpatía, turbación, vergüenza, culpa, orgullo, celos, envidia, gratitud, admiración, indignación y desdén.

Sentimientos. Finalmente, en la cúspide se encuentran los sentimientos. El autor entiende los sentimientos como una sofisticada interpenetración entre pensamientos y corporalidad. Sentimientos como la plenitud y la felicidad implican un particular proceso mental que toma al cuerpo como referencia imprescindible.

Veamos cómo describe Damasio su punto de vista producto de sus investigaciones:

“Mi hipótesis, pues, presentada en forma de definición provisional, es que un ‘sentimiento’ es ‘la percepción de un determinado estado del cuerpo junto con la percepción de un determinado modo de pensar y de pensamientos con determinados temas’. Los sentimientos surgen cuando la acumulación absoluta de detalles cartografiados alcanza una fase dada.”

Su punto de vista se aclara aún más al justificar la presencia del aspe to corporal de los sentimientos:

“Mi opinión es que los sentimientos son funcionalmente distintos debido a que su esencia consiste en los pensamientos que re- presentan el cuerpo implicado en un proceso reactivo. Elimínese dicha esencia y la idea de sentimiento desaparece. Elimínese dicha esencia y nunca más nos será permitido decir ‘me siento feliz’, sino, más bien, ‘pienso’ feliz. Pero esto último exige una pregunta legítima: ¿qué hace que los pensamientos sean ‘felices’? Si no experimentamos un determinado estado corporal con una cierta calidad que llamamos placer y que encontramos ‘bueno’ y ‘positivo’ en el marco de la vida, no tenemos ninguna razón para considerar que ningún pensamiento sea feliz.”

Siguiendo a Damasio podríamos decir que todos los procesos homeostáticos mencionados, desde los procesos metabólicos hasta los sofisticados sentimientos, gobiernan nuestra vida momento a momento. Este gobierno implica una simple disposición:

  1. Algo cambia en el ambiente de un organismo individual, internamente o externamente.
  2. Los cambios podrían alterar la vida del organismo.
  3. El organismo detecta el cambio y actúa en consecuencia, de manera de crear un beneficio para su auto-preservación y su funcionamiento eficiente.

La lógica general es la de evaluar las circunstancias de un organismo y actuar en consecuencia.

Emoción y razón

“El corazón tiene razones que la razón desconoce”.Pascal

“Sin la guía de las emociones, la razón no tiene principios ni poder”Robert Solomon

Antonio Damasio, hace unos años escribió otro libro titulado “El error de Descartes”. El objetivo del libro según su autor era mostrar que la razón no era tan pura como muchos suponen o desean, que las emociones quizás no son para nada intrusos en el bastión racional.

El autor sostiene que las estrategias racionales del ser humano, maduradas a lo largo de la evolución (y plasmadas en el individuo), no se habrían desarrollado sin los mecanismos de regulación biológica, de los que son destacada expresión las emociones.

Si bien en ciertas circunstancias las emociones pueden, dice el autor, dificultar nuestro razonamiento, resulta, por otro lado, sorprendente que la ausencia de emociones sea igualmente perjudicial para el ejercicio de la razón. La ausencia de emociones puede ser una fuente de comportamiento irracional.

Damasio presenta, en la obra mencionada, dos ejemplos impactantes que muestran esta interrelación cuya condición de posibilidad es la estructura biológica.

El caso de Phineas P. Gage

El primero de dichos ejemplos es uno muy singular que data del siglo XIX. Se trata del accidente sufrido por Phineas P. Gage, un trabajador del ferrocarril que sufrió un severo daño cerebral en el año 1848.

Gage desarrolló una forma de dinamitar la roca para la cual utilizaba una barra especial que había hecho construir. En una ocasión estaban colocando la pólvora para dinamitar una saliente rocosa cuando inadvertidamente comienza a apisonar la pólvora antes de que sea colocada la capa de arena imprescindible para lograr direccionar la explosión hacia la roca. De pronto salta una chispa en la piedra y la dinamita le revienta en la cara. La barra perfora la mejilla izquierda de Gage y atraviesa la zona frontal del cerebro y sigue disparada destrozándole la parte superior del cráneo. Cubierta de sangre y fragmentos de cerebro, la barra cae a treinta metros de distancia.

Phineas Gage está en el suelo, aturdido pero, increíblemente, despierto y conciente. A los pocos minutos del accidente está conversando y fue llevado hasta un hotel en carreta, de la que se bajó por sus propios medios. Cuando el doctor llegó para revisarlo una hora después del accidente las palabras de Gage fue- ron “Doctor, aquí hay trabajo para usted.”

Damasio transcribe en su libro la descripción que hace el médico del momento en que atendió a Gage:

“…Mientras le examinaba la cabeza, Gage contaba a los mirones cómo había sucedido el accidente; se expresaba con tanto juicio que le hice directamente las preguntas del caso, en lugar de plantearlas a los testigos que lo acompañaban. Me relató, como haría muchas veces en años posteriores, algunos detalles del percance. Estoy en condiciones de afirmar que en ningún momento, entonces o después, advertí en él algún síntoma de irracionalidad…”

El ejemplo es espectacular por varias razones. Primero porque sobrevivió a una explosión como esa tras recibir una enorme herida en el cráneo como producto de que una barra de tres centímetros de diámetro lo atraviese. En segundo lugar, que haya superado en aquella época los grandes riesgos de infección, y tercero, que su recuperación física haya sido sorprendente siendo dado de alta en pocos meses.

Sin embargo todo esto parece poca cosa, según señala Damasio, cuando se lo compara con el extraordinario vuelco que se producirá en su personalidad. A partir de los detallados reportes de su médico, es posible saber lo que pasó con su conducta después del alta. Según su médico “se destruyó el equilibrio entre sus facultades intelectuales y sus inclinaciones animales.”

Ahora era “impredecible, irreverente, dado a las expresiones más groseras (lo que antes no había sido su costumbre), manifestaba poca o ninguna deferencia hacia su prójimo; incapaz de contenerse o de aceptar un consejo si se oponía a sus deseos inmediatos, mostraba, junto a una porfiada obstinación, una conducta caprichosa y vacilante; fantaseaba con un futuro improbable, armando castillos en el aire que abandonaba apenas esbozados. Niño en sus manifestaciones y capacidades intelectuales, tenía las pasiones animales de un adulto fuerte”.

Estas inclinaciones que hacían que se les aconsejara a las mujeres no acercarse a él, contrastaban fuertemente con los “hábitos temperados” y la “considerable fuerza de voluntad” que lo caracterizaron antes del accidente. Sus allegados decían que “Gage ya no era Gage”.

Veamos cómo interpreta Damasio este caso:

“…hay sistemas en el cerebro humano que se dedican particular- mente al razonamiento personal y social. La observancia de convenciones sociales previamente adquiridas y ciertas reglas éticas puede cesar como resultado de un daño cerebral, aún cuando el intelecto o el lenguaje no hayan sido afectados. El ejemplo de Gage indica que hay algo en el cerebro que se ocupa específica- mente de las propiedades humanas, entre ellas las habilidades de anticipar el futuro -y consecuentemente planificar en el marco de un contexto social-, el sentido de responsabilidad hacia uno mismo y hacia otros, y la habilidad de orquestar la propia su- pervivencia en forma deliberada, bajo el comando personal y el libre albedrío.”

El caso de Elliot

Un segundo ejemplo que es para Damasio un Phineas Gage de nuestro tiempo, es el caso de Elliot, quien era un brillante profesional a quien se lo sometiera a una operación para extirparle un tumor cerebral. De alguna manera esa intervención desvinculó el lóbulo frontal (al que se le atribuyen las funciones del pensamiento) y la amígdala (asociada a las emociones).

El resultado fue sorprendente. Elliot tenía la capacidad de pensar y sopesar distintas opciones con claridad y gran detalle, pero al no evidenciar emoción asociada a las distintas situaciones, le era imposible decidir acciones para enfrentar imprevistos o delinear estrategias a futuro para enfrentar la incertidumbre y la complejidad.

Damasio da otro ejemplo de su propia práctica profesional:

“Un ejemplo, tomado de mi propia experiencia, ayudará a aclarar las ideas anteriores. No hace mucho, uno de nuestros pacientes con daño prefrontal ventromedial visitó el laboratorio en un frío día de invierno. Había caído una lluvia helada, los caminos estaban congelados y el viaje en automóvil fue peligroso. Preocupado por el asunto, pregunté al paciente –que había conducido personalmente su coche- sobre su viaje, si había sido difícil. Su respuesta fue pronta y flemática:

Todo anduvo bien no fue distinto a lo habitual, salvo la necesidad de poner atención a los procedimientos adecuados para conducir con hielo. En seguida me describió algunos y me informó que había visto automóviles y camiones salirse de la ruta por no considerar esos procedimientos racionales y convenientes. Recordaba incluso a una mujer que iba delante de él, pasó por una placa de hielo, patinó, intentó sacar el coche del remolino, se asustó, frenó bruscamente y terminó cayendo fuera del camino. Un instante después, aparentemente imperturbable a pesar de esa escena capaz de enervar a cualquiera, mi paciente pasó con calma y seguridad por el hielo. Me contó todo con la misma tranquilidad con que sin duda había presenciado el accidente.”

El error de Descartes es, para este neurólogo, “la idea de la separación abismal ente la sustancia medible, dimensionada, mecánicamente operada e infinitamente divisible del cuerpo, por una parte, y la sustancia sin dimensiones, no mecánica e indivisible de la mente… Específicamente: la separación de las operaciones más refinadas de la mente de la estructura y operación de un organismo biológico.”

Comprender los procesos biológicos descriptos constituye una oportunidad práctica muy grande, veamos cómo lo plantea en autor:

“Desde el punto de vista práctico, comprender la biología de las emociones y el hecho de que el valor de cada emoción difiera tanto en nuestro ambiente humano actual, ofrece considerables oportunidades para comprender el comportamiento humano. Podemos aprender, por ejemplo, que algunas emociones son consejeras terribles y considerar de qué manera podemos suprimirlas o reducir las consecuencias de su consejo.

Pienso, por ejemplo, que las emociones que conducen a prejuicios raciales y culturales se basan en parte en el despliegue automático de emociones sociales destinadas, desde el punto de vista evolutivo, a detectar la ‘diferencia’ en los demás porque dicha diferencia puede señalar riesgo o peligro, y promover la retirada o la agresión. Ese tipo de reacción probablemente consiguió objetivos útiles en una sociedad tribal, pero ya no es eficaz, y mucho menos apropiada, en la nuestra. Podemos darnos cuenta de que nuestro cerebro porta todavía la maquinaria para reaccionar de la manera que lo hizo, en un contexto muy diferente, hace muchísimo tiempo. Y podemos aprender a desechar tales reacciones y persuadir a otros para que hagan lo mismo.”

Creemos que este es un desafío central si queremos vivir nuestra emocionalidad de manera que nos permita ampliar nuestra capacidad de acción y de disfrute de la vida mediante un nivel adecuado de competencia emocional.

Inteligencia emocional

“La gente tiende a ser mala observadora de los es- tados anímicos propios y ajenos. Por ello, su capa- cidad para utilizarlos de manera constructiva, lo que se ha dado en llamar inteligencia emocional, probablemente no sea muy grande”.

Matthew Budd

Hacernos cargo del desafío planteado por Damasio implica desarrollar nuestra inteligencia emocional. Aquí nos referimos a la noción de inteligencia emocional asociándola a nuestra capacidad de observar nuestro mundo emocional y el de otros y hacer distinciones en dichos dominios que abran posibilidades de intervención efectiva. Veremos entonces algunas distinciones que consideramos básicas para volvernos observadores más competentes de nuestro mundo emocional y el de otros.

Distinguiendo estados de ánimo

“La gente tiene estados de ánimo, las familias y las ciudades tienen estados de ánimo, las empresas tienen estados de ánimo. Los estados anímicos de- terminan lo que es posible y lo que no lo es”.

Matthew Budd

Como mencionáramos antes, los estados de ánimo, son disposiciones de carácter holístico, que colorean nuestro horizonte de posibilidades (por ejemplo, resentimiento, resignación, aceptación, etcétera). Son dis- posiciones construidas socialmente, históricamente, los cultivamos con otros y nos hacemos ciegos a ellos, están en el trasfondo desde el cual hablamos. Al cambiar el estado de ánimo de un equipo, por ejemplo, se transforma su forma de ver el futuro y las posibilidades que se abren en él. Por eso los estados de ánimo son centrales en el liderazgo y en la construcción de una visión poderosa.

Distinguimos a continuación algunos estados de ánimo básicos, que asociamos con una narrativa canónica. En general los presentamos en pares (negativos y positivos). Consideramos negativos a aquellos estados de ánimo que limitan nuestras posibilidades y positivos a aquellos que, por el contrario, las expanden.

  • Resignación: “Opino que nada es posible para mí, siempre fue y será así y no puedo hacer nada para cambiarlo”. Los resignados a menudo se quedan en un pequeño espacio de acciones en el que se sienten confortables. Sostienen que su punto de vista está avalado por la experiencia. No suelen declararse como tales y sostienen su autoestima identificándose como sabios.
  • Ambición: “opino que hay posibilidades que se abren para mí y me comprometo a tomar acción para realizarlas”.
  • Resentimiento: “se hizo algo injusto hacia mí y no tengo posibilidad de hacer nada, ni de hablar sobre el tema”. Mantienen la autoestima identificándose como justicieros. Suelen producir frialdad y distancia en sus relaciones.
  • Aceptación: “opino que hay posibilidades que no están abiertas o se han cerrado para mí y estoy en paz con eso”.
  • Agobio: “se me cerrarán posibilidades si no trabajo más y más rápido ahora”.
  • Resolución: “veo posibilidades para mí y voy a tomar acción ahora mismo”.
  • Confusión: “no sé que es lo que está pasando, no sé como responder y no me gusta”.
  • Asombro: “no sé que es lo que ocurre aquí pero me gusta”.
  • Arrogancia: “ya sé que es lo que está pasando aquí y es lo mismo de siempre”.
  • Seguridad: “soy competente en este dominio y puedo fundamentar mi juicio”.
  • Escepticismo: “yo dudo”. Su comportamiento suele ser el cuestionamiento. Mantienen su autoestima distinguiéndose como sofisticados, o eruditos.
  • Cinismo: “Nada ni nadie merece mi respeto”. También mantienen su autoestima identificándose con la sofisticación. Nadie es lo suficientemente genuino o sincero.
  • Frustración: “Tengo que hacer que algo pase y no puedo”. Los frustrados se quejan en la acción.

Es central para un líder, el poder volverse un observador de los estados de ánimo de los grupos humanos con los que se involucra para poder intervenir de manera de articular estados anímicos pertinentes para la acción.

Distinguiendo emociones

“Quienes llegan a las puertas del Cielo no son seres que carecen de emociones o que las han reprimido, sino aquellos que han cultivado una comprensión de ellas”.

Williams Blake

Consideramos a las emociones, a diferencia de los estados anímicos, como disposiciones corporales que resultan como reacción frente a un hecho específico (como el enojo, la tristeza, el miedo, la alegría, etc.) que dispara una determinada valoración, por eso decimos que son reactivas.

Por ejemplo si estamos manejando nuestro auto y otro conductor se cruza cuando tenemos la luz verde de paso, probablemente experimentemos miedo porque valoramos que podemos estar en peligro. Las emociones son siempre generadas a partir de un hecho específico que las gatilla. Por lo anterior las emociones y la competencia en la relación con ellas es central en el contexto de los procesos humanos de coordinación de acciones que describimos antes.

Nos centraremos en emociones que solemos considerar negativas o displacenteras y que nos asaltan al enfrentar situaciones específicas de quiebre.

Estas son las tres emociones básicas que describiremos, tomando como referencia el trabajo de Fred Kofman:

  • Enojo. La reconstrucción lingüística del enojo se puede expresar así: “algo malo pasó que no debería haber pasado”. Esta interpr tación implica un juicio de facticidad, o sea un juicio sobre un hecho ya ocurrido. El enojo se vincula con la transgresión de un valor, solemos enojarnos por no aceptar esa transgresión que nos resulta dolorosa. Por eso siempre el enojo implica un trasfondo de tristeza por el dolor que nos produce la pérdida actual o esa transgresión. Hacernos cargo de manera efectiva de la emoción del enojo implica atender su demanda de reparación. Esta reparación puede adoptar distintas formas, como un reclamo a quien vulneró nuestros límites, o un pedido de protección de aquello que valoramos y juzgamos descuidado. Hacernos cargo de esta emoción nos permite restablecer nuestra paz y nuestra dignidad ante lo que consideramos injusto o inapropiado. El costo de no hacernos cargo de la emoción del enojo puede derivar en el resentimiento, el rencor y el odio. Alternativamente puede dar lugar a un estado anímico de indolencia. Renunciar a nuestros valores o cerrar la puerta al amor hace que no nos enojemos, ya que al no haber nada que nos importe, nada nos duele y nada nos enoja.
  • Miedo. La reconstrucción lingüística del miedo puede tomar esta expresión:  “podría perder algo valioso”. Esta emoción implica un juicio de posibilidad. Nos atemoriza la posibilidad de perder algo que queremos. Por eso en el trasfondo del miedo está el amor. Tememos porque amamos. El miedo nos invita a tomar acciones para prepararnos. Utilizar nuestra capacidad para minimizar la probabilidad de que lo que tememos realmente ocurra. Al no hacernos cargo de responder efectivamente ante nuestro miedo podemos caer en estados anímicos como la ansiedad que puede contribuir a desarrollar fobias o angustias. Una sensación de in- seguridad y vulnerabilidad permanente permea en nuestra vida.
  • Tristeza. Reconstrucción lingüística:  “perdí algo valioso”.  Este emoción implica también un juicio de facticidad. La tristeza propicia el duelo, el reconocimiento de la perdida y el luto. Al darnos el tiempo para reconocer la pena y asumir la pérdida, podemos recobrar la paz interior y enfrentar el futuro con confianza. En el trasfondo de la tristeza esta el amor que profesábamos por aquello que perdimos. Si no nos podemos conectar con la tristeza y su demanda de duelo, nos volvemos incompetentes para procesar las pérdidas, esto puede generar sufrimiento, resignación o depresión. En todos los casos nuestro corazón se cierra a experimentar el amor. Si no amamos, no sufriremos pérdidas, no estaremos ex- puestos a la tristeza.

Distinguir dichas emociones básicas sienta las bases para desarrollar la competencia emocional que nos permita atravesar las situaciones cotidianas de quiebre, allí radica su gran relevancia operativa.

Competencia emocional

“Aunque la sociedad no lo mencione, el principal valor del conocimiento y de la educación es el de ayudarnos a comprender la importancia de disciplinar la mente y de comprometernos en acciones mas sanas. El adecuado uso de la inteligencia y del conocimiento debe llevarnos a emprender los cam- bios internos necesarios para alentar la bondad”.

Dalai Lama

En la obra ¨Emociones Destructivas¨ se formula una pregunta relevante: ¿En qué medida podemos formar el cerebro para que actúe de manera constructiva, para que sustituya la avidez por la satisfacción, la agitación por la calma, el odio por la compasión? Los medicamentos pueden ser una respuesta, pero: ¿Puede alguien, mediante su propio esfuerzo, conseguir cambios positivos y duraderos en el funcionamiento de su cerebro?

Así nos cuenta Mathieu Ricard, en su obra ¨En Defensa de la Felicidad¨, la génesis de las mencionadas preguntas:

¨Estas preguntas surgieron durante las cinco apasionantes jornadas de diálogo sobre las ´emociones destructivas´ en las que participaron en el año 2000 en Dharamsala, en la India, el Dalai Lama y un pequeño grupo de científicos, entre ellos Richard Davidson, Francisco Varela, Paul Ekman y otras personas, entre las que yo también me contaba. Era la décima sesión de una serie de encuentros memorables organizados por el Instituto Mind and Life, que desde 1985, por iniciativa del añorado especialista en ciencias cognitivas Francisco Varela y del hombre de negocios norteamericano Adam Engle, ha reunido regularmente en torno al Dalai Lama a científicos de alto nivel.

Tras este encuentro, se pusieron en marcha varios programas de investigación para estudiar a individuos que se han consagra- do durante una veintena de años al desarrollo sistemático de la compasión, del altruismo y de la paz interior. (…) Este programa de investigación tiene unos objetivos prácticos: se trata de ver la meditación como un entrenamiento de la mente, como una res- puesta práctica al eterno rompecabezas que constituye la gestión de las emociones destructivas. (…) …los resultados preliminares de los que se hace eco Daniel Goleman, son enormemente prometedores.¨

Continua mañana…

Fuente: http://juancarloslucas.com.ar/competencia-emocional/

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