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El futuro que ocurrirá mañana lo estamos inventando en las promesas que hacemos hoy.

Si observas a perros, gatos o chimpancés, te darás cuenta que no hacen promesas. El hecho de prometer nos abre a posibilidades y nos da poder, por eso es tan importante aprender a prometer cosas valiosas a los demás. Prometer es una de las competencias clave para el siglo XXI, si de mí dependiera, se enseñaría en las escuelas, universidades y escuelas de negocio como base para producir personas creativas, innovadoras, emprendedoras y líderes.

De hecho, prometer nos permite inventar nuevas realidades y que un futuro inédito ocurra. Por ejemplo, cuando te digo: “te prometo que el año que viene venderé tus productos en mis tiendas” o “te prometo que me casaré contigo”, ambas promesas  anticipan un futuro nuevo que puede materializarse si la otra persona acepta.

Sin embargo, pocas personas saben “prometer bien” (hacer promesas valiosas), y quien lo hace se convierte en un líder, emprendedor de éxito, trabajador cotizado, persona respetada, persona con crédito…

Al realizar o recibir una promesa, el mundo cambia (nace una empresa, surge una familia…), las personas que crean riqueza son aquellas que hacen promesas significativas para los demás y producen satisfacción con ellas.

El buen prometer es un arte.

Y como tal tiene una serie de requisitos, el primero es que lo que prometas sea valioso para la otra persona, para lo cual tienes que ser sensible a ella, tienes que escuchar su mundo (deseos, anhelos, frustraciones…). No hay maestría en el prometer sin capacidad para escuchar, prometer a alguien algo que no quiere puede llegar a ser inútil o incluso una ofensa (por ejemplo prometer casamiento a alguien que vemos por primera vez).

La promesa efectiva necesita de una elaboración exhaustiva, creación de unas condiciones,  preparación del contexto, momento y lugar oportunos. Las condiciones de satisfacción deben quedar claras y, sobre todo, fijar una fecha de cumplimiento para que no sea tomada como una declaración de intenciones.

En muchas ocasiones cuando alguien manifiesta una intención, la persona que escucha interpreta una promesa, un hecho repetido que constituye una fuente de conflicto permanente en las relaciones personales, laborales y en el seno de las organizaciones.

La promesa es un juego de encaje entre las intenciones del que la realiza y los intereses de quien la escucha. Para que sea efectiva debe ser valiosa (interesante) y con la intención de ser cumplida.

Nuestra capacidad de prometer nos encumbra o nos destruye.

Hay tres estilos de prometer que nos definen como personas y determinan nuestro crédito.

  • El prometer mentiroso. Es esa persona que desde el mismo instante que promete tiene la intención de incumplir (lo vemos todos los días y a todas horas).
  • El prometer verdadero. La persona está prometiendo, tiene la intención de cumplir y lo hace.
  • El prometer descuidado. La persona en el momento de prometer tiene la intención de cumplir, pero luego descuida la promesa y cuando llega el reclamo responde con una excusa.

Así cada uno de nosotros lleva una serie de etiquetas que son visibles para los demás (mentiroso en el que no se puede confiar, descuidado que se mueve en las excusas, valioso con el que merece la pena hacer cosas importantes).

Cuando alguna vez me he preguntado por qué la gente no ha querido hacer un negocio y embarcarse en un proyecto conmigo, he tenido que dejar de culpar a los demás y descubrir que el problema estaba en mí. El prometer condiciona nuestro potencial para crear alianzas, formar equipos, emprender y liderar proyectos.

Nadie nos obliga a prometer, pero si lo haces, acepta la responsabilidad.

La promesa es un acto voluntario, por eso, si no tienes claro que vas a cumplir, calla la boca.

Al prometer comprometes un trabajo para otra persona, lo que supone una inversión de tiempo, esfuerzo y recursos de la que, la mayor parte de las veces, esperas también un rédito o recompensa. Y ahí aparece otro juego porque las promesas no van solas.

Hay personas que buscan satisfacer sus necesidades pidiendo permanentemente a los demás y acaban agotando su crédito. Y hay otras que lo hacen a la inversa (prometen algo valioso y luego piden).

También hay personas que buscan la forma de no comprometerse con nada, así no se atan a responsabilidades, aceptando de antemano la condena a la soledad y una existencia hueca.

Quien abre mucho la boca se compromete y cae en el riesgo del descuido, quien la cierra siempre se condena. La clave está en modular bien las promesas, teniendo claro que si no prometo cosas a los demás, los demás no van a estar disponibles para hacer cosas por mí. En realidad el juego social de la vida es una transacción (quid pro quo).

De la calidad de tu prometer dependerá tu identidad, capacidad de reunir personas, equipos, recursos financieros… que alguien te dé su voto, un préstamo, un trabajo, la dirección de su empresa, un área de gobierno, su confianza para compartir su vida contigo…

Una competencia clave para el siglo XXI.

Hoy que se habla tanto de competencias clave para el siglo XXI ¿crees que hay alguna competencia más importante que prometer, escuchar, pedir (hacer ofertas) o declarar?

Si de mí dependiese, serían las competencias que comenzaría a cultivar desde este momento en el sistema educativo porque con ellas creamos empresas, empleos, innovaciones, emprendimientos, riqueza social y económica, confianza, superación de conflictos…

La vida ha puesto a nuestro alcance el poder de prometer, con él puedes crear una relación y un vínculo nuevo con otras personas de donde puede surgir un negocio, un empleo, un partido político, una organización…

Las promesas crean economía y dinamismo, de hecho toda nuestra vida social y económica se basa en hacer y recibir ofertas, que no son otra cosa que promesas condicionadas (yo hago esto por ti y a cambio tú haces esto otro por mí).

También hay promesas y ofertas inversas (castigos), sin ir más lejos, nuestro ordenamiento jurídico está lleno de ellas: si no pagas los impuestos tienes una sanción, si haces esto otro vas a la cárcel…

Cuando te veas solo, desamparado y sin recursos, recuerda que tienes el enorme poder para hacer promesas a los demás y, con ello, el recurso para poner en marcha tus proyectos y crear riqueza material e inmaterial. Todas las cosas valiosas que vas a producir en tu vida se sustentan en la calidad de las promesas que haces.

Yo no puedo adivinar el futuro pero sí anunciarte algo cierto que va a ocurrir haciéndote una promesa. ¿Entiendes ahora cómo los seres humanos inventamos el futuro?

Hacerlo está a tu alcance.

Adelante!!!

*Nota: todo lo que aprendí sobre los actos del habla se lo debo a Fernando Flores y su equipo, a los cuales estoy profundamente agradecido.

Fuente http://juancarloscasco.emprendedorex.com/el-ser-humano-es-el-unico-animal-que-promete-y-al-prometer-anticipamos-e-inventamos-el-futuro/

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