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Neil Gershenfeld: “Hasta los zapatos serán inteligentes algún día?

¿Es cierto que quiere hacer realidad la computación ubicua, pero sin ordenadores?
-Pretendo que, en cierta forma, no haya ordenadores en ningún sitio. No quiero ver en mi entorno pantallas, teclados ni botones; quiero estar rodeado de cosas bellas y ayudar a resolver los problemas del medio ambiente. Mi objetivo es integrar los ordenadores en todos los objetos de tal forma que, al final, acaben desapareciendo.

¿Cómo se consigue eso?
-Los que investigan en la computación ubicua se centran en miniaturizar los chips; nosotros realizamos una investigación más fundamental sobre los mecanismos de la física que afectan a la computación. Por ejemplo, trabajamos en programas informáticos que interactúan con expresiones biológicas, para que puedan llegar a sintetizar máquinas moleculares. Así, cualquier cosa podrá ser un ordenador. Al mismo tiempo, investigamos con usuarios poco habituales de los PC para entender sus necesidades.

No parece que le gusten a usted demasiado los ordenadores, al menos los que utilizamos hoy.
-Yo lo diría de otra forma: sé lo suficiente de ingeniería y física para saber qué es lo que está mal hecho en ellos. Cuando alguien dice: “No quiero leer en un ordenador, prefiero leer un libro”, tiene razones muy profundas para ello. Muchas viejas tecnologías funcionan mejor que las que denominamos nuevas. Mi ordenador de bolsillo es éste (muestra un trozo de papel densamente garabateado). Hay muchas personas y ordenadores que han estado implicados en producir la información escrita aquí pero finalmente la llevo así porque el papel es mucho mejor que cualquier PDA actual: puedo anotar mucho más rápido, se adapta a mi cuerpo…

¿Y qué hacemos con los ordenadores?
-Son como un niño pequeño: pueden estar en todos lados pero no ser de ayuda en casi ninguno. Para resolver muchas necesidades de la vida de las personas, los ordenadores son totalmente irrelevantes. Y no le hablo de las mías, sino de las de aquellas personas que no saben utilizarlos: las más interesantes. Mi tecnología está dirigida a los niños, a la tercera edad y a la población de países en desarrollo.

¿Podríamos definir a los PC como una tecnología ya vieja?
-Lo que va a quedar anticuado es el ordenador que conocemos, con su pantalla, su ratón, el procesador Intel y el sistema operativo Windows. Este concepto ha sido únicamente lo que hasta ahora hemos definido como ordenador. Ahora van a estar en todos lados pero desaparecerán como objeto, van a dejar de ser esa caja distinguible por un usuario. Y esta evolución se debe a que las necesidades de la mayoría de las personas no están cubiertas por esa caja puesta encima de una mesa que es el PC.

Y en la práctica, ¿cómo llegan ustedes a integrar la computación en los objetos cotidianos?
-Un ejemplo, desarrollamos un proyecto con una mutua para reducir uno de los principales costes del sistema sanitario estadounidense: el colapso de consultas y hospitales por parte de la población de la tercera edad que necesita medicamentos, o que no sabe utilizarlos y quiere consultar con el médico, o que no ha tomado la prescripción adecuadamente. Nuestro invento son unas etiquetas identificativas que se comunican con otras etiquetas en los envases de los medicamentos, de manera que, cuando la persona entra en el baño y en la estantería tiene un fármaco que ha de consumir, éste empieza a lanzar un flash que le recuerda que debe tomarlo. A su vez, la estantería donde se halla el medicamento se comunica con éste para saber cuándo se ha agotado y, a través de Internet, lo trasmite a una farmacia para su reposición. Estas etiquetas comunicativas que hemos desarrollado tendrán un coste de centavos.

Suena un poco futurista.
-No crea, este desarrollo es el producto directo de una necesidad real, y no al revés, como suele ocurrir en la informática, donde los productos pretenden crear necesidades nuevas. Y, tecnológicamente, tenga usted en cuenta dos aspectos importantes: primero, el ordenador no es visible, está oculto, el baño del que hablo parece normal, su inteligencia está dentro. Segundo, se trata de una aplicación que resuelve un problema social de uso de las tecnologías: el miedo a perder la privacidad. En este caso, el usuario accede a compartir información sobre su salud porque la compensación que obtiene es muy grande.

Pero el ordenador sigue siendo necesario en muchos entornos.
-Sí, pero hay muchos otros en los que no queremos verlo. Por ejemplo, en un museo. Con el MOMA (Museo de Arte Moderno) de Nueva York trabajamos en una exposición llena de información electrónica, videoproyectores y sistemas de iluminación dirigidos remotamente, que los visitantes podían controlar y activar desde… ¡una mesa! Colocamos una muy grande y bonita en el centro de una galería, y la llenamos de sensores. Podía seguir el curso de tus manos y también de determinados objetos que permitían activar los aparatos que proyectaban la información. Cuando la presentamos, uno de los mecenas del MOMA vino y nos dijo: “Esto es grande, me encanta porque yo odio los ordenadores y aquí no hay ninguno”. Y era así sólo aparentemente: en el interior de la mesa había 400 procesadores y más de 20 nodos de Internet. Había más informática junta de la que había visto en toda su vida.

¿Qué aspecto tendrá este nuevo ordenador que anuncia?
-La interfaz de este nuevo ordenador será el mundo. En computación se ha pasado por la interfaz textual, la gráfica y ahora se habla del reconocimiento de voz, pero son esfuerzos parciales, como si usted me pide que conteste a sus preguntas sin mover las manos; cuando nos comunicamos, utilizamos todos los sentidos y así ocurrirá con los ordenadores. Volviendo a la mesa del MOMA, es una única interfaz informática pero distribuida: una parte está en el techo, otra en los objetos, otra en los sensores que captan la presión táctil del usuario. Como en este ejemplo, utilizaremos redes de ordenadores, sensores internos y ópticos insertados en el conjunto del mundo físico en que nos movemos.

¿Usted ha publicado un libro en EE UU que se titula When things start to think (Cuando las cosas empiecen a pensar). ¿Cree que ese momento llegará algún día?
-En los años 50, el objetivo de la Inteligencia Artificial era construir un robot que actuara como una persona. No funcionó, porque las máquinas no sólo necesitan sensores para captar lo que pasa en el mundo sino la experiencia de vida para interpretarlo, y no tienen ni siquiera la de un niño. Sin embargo, los ordenadores poseen gran capacidad para captar determinadas necesidades y emociones del exterior y, a través del procesamiento masivo de información, responder a ellas adecuadamente. En ello estamos pero con un matiz crucial: no integraremos la inteligencia de la máquina en un cuerpo antropomorfo, sino en muchos y variados objetos de la vida cotidiana.

No puedo resistirme a preguntarle si algún día mis zapatos serán inteligentes.
-Por supuesto. Hay unas cuantas buenas razones para apreciar los zapatos desde un punto de vista informático: son una fuente de potencia, ya que al andar generamos mucha energía; están muy bien situados para transmitir información del cuerpo al entorno; en ellos hay espacio para almacenar esa información y, al contrario que muchos aparatos, van siempre contigo y no hay que acordarse de llevarlos

José Ángel Marto

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