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¿Por qué somos intolerantes? Los 2 obstáculos a la tolerancia

La tolerancia es una capacidad esencial en la vida, no solo en la relación con los demás sino también para relacionarnos con nosotros mismos. Si somos personas inflexibles, esa intolerancia se manifestará como una rigidez hacia las actitudes y comportamientos de los demás, pero también puede convertirse en una actitud extremadamente severa con las cuales nos castigamos por nuestros errores y debilidades.

Un estudio publicado en la Asian Journal of Psychiatry reveló que existe una correlación entre la intolerancia a la incertidumbre y una mayor ansiedad. Otra investigación realizada en la Universidad Laval demostró que, a menor intolerancia a la incertidumbre, más preocupaciones y pensamientos negativos recurrentes experimentaremos.

La intolerancia nos encierra en el bucle de nuestros pensamientos y forma de ver la vida, un bucle que puede llegar a ser extremadamente malsano. Ser tolerantes, al contrario, puede ayudarnos a adaptarnos mejor a las condiciones del mundo, aceptar lo diferente y ser más benevolentes y comprensivos con los demás y con nosotros mismos. Por eso, la tolerancia no es una cualidad que le “debemos” a los demás, sino a nosotros mismos.

La intolerancia “apaga” nuestro pensamiento

Un estudio realizado en la Universidad de California confirmó que las personas más intolerantes hacia creencias diferentes suelen tener un menor nivel intelectual y educativo, así como una estrechez de miras respecto a todo lo que vaya en contra de sus creencias e ideales. Estas personas también experimentan una mayor inquietud e incomodidad en las situaciones sociales y son más propensas a verse como víctimas y explotados, así como a quejarse de insatisfacciones personales, dificultades y molestias.

El problema es que la intolerancia es una actitud que se autoalimenta, degenerando cada vez más, hasta el punto de impedirnos pensar con racionalidad. Pichon-Rivière pensaba que el origen de la intolerancia radica en una situación de conflicto – de cualquier tipo y a cualquier nivel.

La tolerancia sería, por tanto, una exigencia de la situación conflictiva que amenaza con romper la armonía interna del sistema. Sin embargo, para resolver ese conflicto necesitamos enfrentarnos a dos grandes obstáculos, ansiedades o temores básicos del ser humano que nos impiden aceptar las diferencias. Esas dos grandes resistencias basales son, según Pichon-Rivière:

1. Miedo a la pérdida

Cuando soplan vientos de cambio o nos enfrentamos a ideas radicalmente diferentes a las nuestras, nos vemos obligados a abandonar – aunque sea momentáneamente – lo conocido. Ese alejarnos de lo que conocemos y presumimos como seguro nos genera una gran ansiedad que activa inmediatamente el miedo a la pérdida.

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Nos aterroriza soltar amarras y dejar atrás lo que consideramos como propio e incluso distintivo. Este sentimiento es aún más fuerte y el cambio será percibido como más amenazante cuando nos sentimos instrumentalizados o creemos que no contamos con las herramientas necesarias para hacerle frente. En esos casos, el miedo se instala en nuestro mundo interior, generando una profunda resistencia. Y esa resistencia es lo que nos hace aferrarnos a nuestras creencias, radicalizándonos aún más, volviéndonos más intolerantes.

2. Miedo al ataque

Cuando experimentamos el miedo al ataque, creemos que necesitamos huir o protegernos de algo, por lo que se suele activar una respuesta polarizada y agresiva. En ese caso, el enemigo es todo aquel que piense de manera diferente o que lleve consigo la semilla del temido cambio. La ira y el miedo son sentimientos prevalentes cuando caemos en este estado y determinan nuestro pensamiento.

Ese temor provoca un desbordamiento afectivo que obnubila nuestros procesos intelectuales. Se produce un secuestro emocional en toda regla que nos impide pensar con claridad. Ponemos en práctica un proceso de pensamiento menos sofisticado, reduccionista, binario e intolerante a las diferencias. Ese pensamiento dicotómico nos impide salir de los estrechos límites de lo bueno y lo malo.

Si no logramos superar ambos miedos, seremos víctimas de fantasías persecutorias y una paulatina pérdida de contacto con la realidad. De hecho, la resistencia al cambio que se genera puede conducirnos a una parálisis, de manera que nos quedamos estancados en determinadas actitudes, comportamientos y roles sociales estereotipados.

Eso significa que nos aferramos aún más a nuestras ideas, convicciones y formas de hacer, renegando con mayor firmeza de todo lo que se aleje de ellas. El problema es que cuanto más impotentes nos sintamos para manejar nuestro rol, más disminuirá nuestro umbral de tolerancia a lo diferente y más polarizadas y extremistas serán nuestras ideas y comportamientos. Es un círculo vicioso.

¿Cómo desarrollar un pensamiento más tolerante?

El sujeto será sano en la medida que aprehenda la realidad, en una perspectiva integradora y que muestre su capacidad para transformarla y transformarse a sí mismo”, escribió Pichon-Rivière. Debemos tener en cuenta que tanto el miedo a la pérdida como el miedo al ataque son una invitación a mantener el mismo nivel de funcionamiento y perpetuar el estado de las cosas. Sería un perpetuar la pulsión retrógrada, como diría Freud, lo cual nos condena al inmovilismo y, a la larga, incluso nos conduce a manifestar comportamientos desadaptativos que terminen causando daños – a los demás y/o a nosotros mismos.

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La tolerancia es, por tanto, la posibilidad de sobrepasar los niveles primarios de miedo a la pérdida y el ataque para instaurar un funcionamiento más armónico y equilibrado. Significa traspasar esa “zona de impotencia y miedo” en la que hemos caído para comenzar a ver la situación desde una perspectiva de cooperación, y no competición; de producción, y no destrucción, desarrollando nuestros procesos de autoanálisis. Y ese es un cambio que vale la pena, no solo para vivir en una sociedad más tolerante, sino también para vivir en paz nosotros mismos.

Fuente: https://rinconpsicologia.com/por-que-somos-intolerantes/

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