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El emprendimiento más grande que existe

El emprendimiento más grande que toda persona debe acometer en su vida es el desarrollo de la mejor versión de sí mismo. No existe propósito más trascendente ni afán que pueda pagar mejor. Al amparo de este título se puede construir la historia de vida que se desee, y esta será, en todo caso, extraordinaria.

Es curioso, pero hacer referencia a la “mejor versión” que los seres humanos pueden alcanzar  de sí mismos, no es usual ni se considera un asunto importante. Mucho menos el objetivo principal que las personas debieran tener en sus vidas. Hay quienes consideran que este objetivo es solo un acto de fe o un simbolismo, una manera de ponerle a la gente una zanahoria en la frente y tenerla dominada por causa de su frustración.

Nada de esto es sostenible. Son solo los argumentos de la amargura que gobierna los corazones en el mundo. La lógica de la “mejor versión” de cada persona es un canto a la naturaleza humana y su evidente capacidad.

Que cada quién alcance su “mejor versión” tendría que ser el propósito de vida natural de las personas. El motivo para procesar y justificar las experiencias que emergen de su existencia. El emprendimiento más grande que se planteen. De éste tamaño es el asunto. Y lo es, además, por algo lógico: en tanto los seres humanos alcanzan su mejor estado, mayores son sus logros y más grande su satisfacción.

Todo lo que anhela, desea o pretende una persona de juicio equilibrado, puede alcanzarlo mejor y más rápido en tanto trabaje sus potencialidades. En la medida que su rendimiento se acerque más a la “capacidad instalada” que tiene.

Ahora bien, acá surge un elemento importante: ¿cuál es la “capacidad instalada” de cada persona, cuál es su “mejor versión”? Porque en tanto esto no es abordado, muchos pueden suponer que están operando en la vida de acuerdo a su potencial, o cerca de éste.

La respuesta es simple y conmovedora: no existen límites para el potencial de los seres humanos. No hay restricciones para la edificación de la “mejor versión” de las personas. Es un territorio que no tiene fronteras, un horizonte que nunca se alcanza. Por eso es el emprendimiento más grande que se puede abordar.

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Póngase a pensar: ¿cuál es el límite del amor que puede profesar una persona, cuál el tamaño de la generosidad que le es posible demostrar a los demás? O por otra parte, ¿qué tanto conocimiento le es posible acumular, procesar, aplicar?, ¿cuántas experiencias le está permitido aprovechar?

No hay formatos para la “mejor versión” que cada uno puede (y debe) ser de sí mismo. Por lo menos no existen restricciones que se acerquen a la imposibilidad. Los potenciales humanos son infinitos.

¿Qué impide entonces llegar a la grandeza? Sencillo: la “pequeñez” es lo que impide alcanzar la grandeza. Son las personas las que limitan la realización de sus potenciales. Se ven pequeñas, piensan con limitaciones, aspiran con restricciones, desean con moderación, son cautos en sus expectativas y conservadoras respecto a sus ambiciones. Interpretan que el universo que los rodea tiene límites y automáticamente se limitan.

Analícese este ejemplo. Las personas son como un auto deportivo de 5000 caballos de fuerza. Pero si el automóvil solo puede moverse en una cancha de baloncesto, ¿qué capacidad efectiva tiene?

No se equivocará quién responda que el auto tiene capacidad de transitar “con tranquilidad” la cancha que le ha tocado, y tampoco estará errado quién diga que es una máquina que puede devorar carreteras y autopistas a 200 km/h. Ambos están esencialmente en lo correcto, pues abordan un mismo hecho desde diferentes perspectivas.

Lo que sí es una realidad objetiva (en el ejemplo), es que hay un carro deportivo de 5000 caballos de fuerza. El uso que se le dé es otra cosa.

Lo mismo sucede con los potenciales humanos. Si la visión de vida se reduce a las proporciones de una cancha de baloncesto (para continuar con la analogía), el rendimiento se acomodará a ello. Si la visión se proyecta hacia avenidas anchas y despejadas, la “maquina” estará disponible y preparada.

Por esto la construcción de la mejor versión de uno mismo es el emprendimiento más grande que hay, porque la dimensión de lo que se puede ser y alcanzar en la vida depende de la visión y las acciones que cada quién defina para su destino.

Emprender es un verbo, involucra movimiento y acción. El emprendimiento, por otra parte, es un sistema ordenado de acciones que define orientaciones, objetivos y gestión. Ambos elementos están consustanciados con el desarrollo personal.

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Cuando alguien se plantea alcanzar su “mejor versión” y hace de éste un emprendimiento personal, vuelca en el trabajo todo el ímpetu y el orden que se aplica para desarrollar una idea, formar un negocio o manejar un proyecto. Define objetivos, tareas, tiempo. Evalúa resultados, procesa contrariedades, pugna con los adversarios que tiene (especialmente los del interior) y vence desafíos.

La “mejor versión” es una cima que debe conquistarse, una montaña que se tiene que escalar. El potencial para vencer el desafío es un regalo que la Providencia entrega desde la cuna, pero el trabajo que demanda el ascenso es una responsabilidad personal.

Ahora bien, el potencial de los seres humanos o su “mejor versión”, no tienen nada que ver con los parámetros de evaluación que los convencionalismos sociales o los preceptos políticos establecen. Esta no es una competencia por billetes, estatus o reconocimiento banal. No tiene nada que ver con la riqueza o la pobreza que reconocen las estadísticas. Y tampoco es un asunto de “oportunidades”.

No tiene mayor oportunidad de alcanzar su “mejor versión” quién nació en cuna de plata en relación al que lo hizo en cuna de cartón. Tampoco el que ha nacido en Chicago comparado al que nació en una aldea de la sabana africana.

La “mejor versión” es absolutamente personal, y los referentes de evaluación son internos. Es una competencia en los dominios de la subjetividad, el mundo que en definitiva condiciona la objetividad que se puede asumir de las cosas. Si Warren Buffett es la mejor versión de sí mismo solo lo sabe él, de igual forma el joven africano que no conoce, ni remotamente, donde queda Chicago.

Probablemente alcanzó su “mejor versión” Alejandro Magno en lo que hizo, pero también la Madre Teresa. Y se dice “probablemente” porque en definitiva solo cada persona puede evaluase en este sentido. Hay logros que pueden considerarse “objetivos”, como en el caso de estas figuras históricas, pero queda por ver si ellos se sintieron más o menos cerca de sus mejores versiones.

Para el emprendimiento más grande que existe “el cielo es el límite”. Y en este caso la alegoría aplica bien, porque efectivamente no hay restricciones para el desarrollo de las cualidades humanas. Alejandro Magno pudo haber cambiado la historia del mundo, pero posiblemente haya pensado que se quedó corto en su versión de padre, de amigo, compañero, pensador, etc. Eso solo lo sabría él. Y lo mismo aplica, en otro contexto, para la Madre Teresa y todos los seres humanos.

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Posiblemente es más sabio afirmar que la “mejor versión” en definitiva nunca se alcanza. Y eso es maravilloso, porque le proporciona esperanzas a la especie como nada más puede hacerlo. Siempre se puede amar más, dar más, ser más generoso, alcanzar nuevas metas, acumular más logros.

Por esto el tema aplica bien con la lógica del emprendimiento, porque como cualquiera de ellos convoca la activación de los sueños y el sentido de trascendencia.

Un apunte final. Todos los que establezcan el propósito de trabajar consciente y disciplinadamente en el emprendimiento más grande que existe tienen asegurado cualquier logro menor. No serán ajenas satisfacciones financieras, intelectuales, la felicidad y el sentido amplio de realización. Todo esto es una consecuencia, un agregado, un fruto del árbol mayor. Mejores personas siempre generan mejores resultados.

Fuente: https://www.emprendices.co/el-emprendimiento-mas-grande-que-existe/

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