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El hombre que plantaba árboles

Por Pascual Picarin

De Jean Giono no es más que una fabulación en la que muchos han querido ver a un ser humano, real, detrás de ella, fuera el propio Jean o el protagonista ficticio Elzéard Bouffier. Existiera o no –que no existió, según confesó el propio relator al final de sus días- la historia merece la pena ser contada y, sobre todo, leído el libro que responde al nombre dado al inicio de este post. Su relato se resume a la vida de un pastor de la Provenza, poco antes de la Primera Guerra Mundial.

La acción sucede en un desolado valle en las estribaciones de los Alpes, muy cerca de la Provenza. El narrador permanece en el anonimato a lo largo del relato y mucho se ha especulado sobre quién fuera, si el propio Jean Giomo o cualquier otro. Todo empezó en el año 1910 durante una excursión en solitario.

El narrador agota el agua de su cantimplora en medio de un valle yermo, casi desierto y sin árboles. A su alrededor, lavanda silvestre y un pueblo desolado cerca de un río seco que, a buen seguro, otrora fue fuente de riqueza para sus habitantes. El calor y el cansancio acentúan la sensación de sequedad en su garganta. Por fin, un buen pastor que vigilaba a su rebaño en las inmediaciones, le acompañó hasta una fuente que conocían los que frecuentaban aquellos parajes.

El excursionista y narrador, decide quedarse un tiempo a acompañar al pastor, imbuido por la curiosidad de que aquel hombre, de mediana edad, hubiera elegido aquella vida y aquella soledad. El pastor le estuvo explicando cómo había decidido, tras enviudar, restaurar aquel paisaje triste y sin futuro por sí solo. Su proyecto comprendía la necesidad de cultivar y crear un bosque completo, árbol por árbol. Elzéard Bouffier, cada día, emprendía una tarea monótona pero continuada y sostenida en el tiempo que consistía en realizar agujeros en el suelo con la ayuda de su bastón, dejando caer en los agujeros unas bellotas que previamente había recogido y almacenado.

El narrador, finalmente, decidió partir y regresar a su casa. Al volver se encuentra inmerso en plena guerra mundial y acaba traumatizado por todo lo que ve y decide regresar a aquellos parajes que tanto le emocionaron en su día, diez años después. La belleza del valle, transformado con los árboles en pleno crecimiento y expansión, le llevan a visitar a su ya amigo, el pastor Bouffier. Se sorprende de que este ya no pastorea ganado, sino que se convirtió en un próspero apicultor, preocupado por la manera en que sus rebaños de ovejas pudieran afectar a los árboles jóvenes que había ido cultivando con amor y esmero.

Durante más de cuarenta años, Bouffier sigue plantando árboles y recibiendo cada año la visita de su amigo narrador, hasta convertir el valle en un verdadero vergel. En el período entre guerras, el valle recibe protección oficial y más de 10.000 personas se trasladan allí a vivir. Toda la riqueza, antaño perdida, se recupera y nadie es consciente ni nunca hubiera llegado a saber de aquel pastor de no ser por la decidida actuación del narrador que explica la historia a un amigo en el gobierno para que éste ayude todavía más a la floreciente zona.

El narrador visita por última vez a Bouffier en 1945 y dos años más tarde, éste fallece en Banon.

El libro fue publicado en 1953 y se distribuyó de forma gratuita.

Las 10 Lecciones

Si analizamos brevemente el cuento, encontramos una serie de maravillosas enseñanzas:

  1. El Por Qué. La Misión de cualquier organización, grande, mediana, pequeño o unipersonal es un elemento crítico a desarrollar antes de empezar (Restaurar aquel paisaje triste y sin futuro por sí solo). Exponer el nivel axiológico de la identidad que nos lleva al emprendimiento
  2. El Que. Necesitamos objetivos muy claros y objetivables (Su proyecto comprendía la necesidad de cultivar y crear un bosque completo). La Definición a nivel narrativo de nuestro proyecto
  3. El Cómo. Un hombre con un proyecto y una actitud decidida por alcanzar un objetivo cuantificable, es imparable (Cada día, emprendía una tarea monótona pero continuada y sostenida en el tiempo que consistía en realizar agujeros en el suelo con la ayuda de su bastón). Cualquier proyecto, empresarial, social o personal, precisa de la minuciosidad de ejecutarlo paso a paso, ordenada y constantemente. Y, sobre todo, que se pueda describir y explicar a nivel discursivo.
  4. La Continuidad sostenida. Cualquier proyecto precisa de tres factores que condicionarán su desarrollo: Tiempo, Dinero y Características. Cuando existe escasez de alguno de ellos, tiras de los demás; si escasean dos, el tercero soporta el proyecto; si los tres exigen, el proyecto no es viable. En el caso que nos ocupa, es fácil deducir que Elzéard Bouffier no disponía de medios económicos sobrados, no dejaba de ser un pastor en la montaña; eso sí, tenían una idea muy clara (cultivar y crear un bosque completo) y, sobre todo, tenía Tiempo para su ejecución. Así que, no le quedaba otra, a mayor envergadura del proyecto y sin disposición del recurso económico, tenía que echar mano del único recurso que, en aquel momento, le sobraba, el Tiempo.
  5. La Respuesta. Cuando algún proyecto, del tipo que sea, florece, no hay de qué preocuparse, el público acude, los financieros ofrecen y los gobernantes se acercan aportando exiguas, pero necesarias, colaboraciones a cambio de salir en la fotografía (En el período entre guerras, el valle recibe protección oficial y más de 10.000 personas se trasladan allí a vivir). Dicho de otra manera, no esperes ayuda de nadie cuando comiences cualquier proyecto, salvo que no tengas bienes con los que responder. Ni por la bondad de tu producto te comprarán tus clientes, hasta después de un buen tiempo, ni el gobierno que sea se va a fijar en ti en tanto no tengas éxito. En esto estás solo, empiezas solo, triunfas y o te hundes solo y solo acabarás sino triunfaste. Si esta regla de oro no se cumple, es que alguien está siendo untado.
  6. Las Ayudas económicas. Llegarán en forma de subvención, es decir tarde, después de que tu hayas hecho tu inversión de lo que sea, tiempo, dinero, etcétera (el narrador explica la historia a un amigo en el gobierno para que éste ayude todavía más a la floreciente zona) y serán muy pocas, pero no conviene despreciarlas. No es mala cosa esta, es la propia esencia del concepto subvención: te aporto después de que tú hayas invertido; esto evita el abuso, la corrupción y financiar proyectos sin mucho sentido a personas poco preparadas. Muchos tienen la fea costumbre de quejarse de que el Gobierno no les ayuda lo necesario, pero es que los gobiernos están para gobernar y, sobre todo, administrar el dinero de todos y no está para subvencionar proyectos privados con el dinero de los demás o, por lo menos, no debería estar para eso. Las ayudas deben ser destinadas a aquellos proyectos que demuestran que van a servir para crear puestos de trabajo, riqueza en zonas que la necesitan, ampliar otros que ya se haya demostrado que funcionan y que son interesantes para la región, etc. El problema nace cuando las ayudas van a parar a las mismas manos de siempre: a las entidades financieras; a las empresas que de una forma u otra tratan de defraudar, ni que sea dentro de la Ley; a las grandes corporaciones que compiten en bolsa y sangran a la sociedad que las mantiene; a los empresarios que convierten los restaurantes de lujo y los palcos de los estadios en anexos de sus oficinas. Hay, como todo en la vida, un término medio.
  7. La Humildad. El Marketing y la Comunicación son muy importantes al servicio de cualquier causa que pretenda crecer, pero aún lo es más la Humildad (Toda la riqueza, antaño perdida, se recupera y nadie es consciente ni nunca hubiera llegado a saber de aquel pastor de no ser por la decidida actuación del narrador). Aunque no sea un valor que cotice al alza, la Humildad es un valor en el que se encuentra el origen de casi todas las cosas, así como de los mayores logros y éxitos personales. Pocos saben que detrás de Albert Einstein se encontraba una profesional dispuesta al mayor de los sacrificios en aras de una mayor meta, su primera esposa Mileva Marić Einstein. Seguramente, muchos de los que lean esto podrán atinadamente pensar que no vale la pena tanta humildad por parte de una mujer a la que luego nadie le reconoció su aportación científica y, como ella misma bien decía: uno se llevaba la perla y el otro la concha, pero sin ella, probablemente, la teoría de la relatividad adjudicada a Einstein todavía seguiría siendo eso, una idea descabellada. Los que sólo se mueven por afán de notoriedad, de popularidad, por egos, por posiciones y por dinero, no hace falta que hagan mucho caso de este apartado, tampoco lo van a entender por más que yo se lo explique o ellos lo lean, les parecerá escrito en arameo.
  8. La Naturaleza, es lo primero. Está claro a que nuestro personaje de ficción del cuento, el pastor, tenía una verdadera fijación por la naturaleza y era consciente del perjuicio que una determinada actividad económica –el pastoreo, por ejemplo- como él mismo desarrollaba, podía perjudicar a la salud de la tierra, del suelo que pisaba (preocupado por la manera en que sus rebaños de ovejas pudieran afectar a los árboles jóvenes). Cualquier idea, cualquier proyecto, puede contar con el medio ambiente como objetivo subsidiario de sus actuaciones. Es una cuestión de planteamiento personal de cada uno de nosotros, fijarnos un poco menos en el rendimiento económico y un poco más en nuestra responsabilidad social frente a los que nos acompañan en esta aventura en la Tierra. Antes, años atrás, esto no se tenía tan en cuenta, ni contábamos con la información de la que ahora disponemos. Se cometieron auténticas tropelías medio ambientales por desconocimiento en el desarrollo industrial de los años 40 en adelante, pero, cuando ya se tuvo constancia de las repercusiones que aquellas decisiones tenían, se siguió haciendo basándonos en parámetros que buscaban sólo la rentabilidad económica, perjudicaran a quien lo hicieran. De hecho, se siguen haciendo al amparo de leyes obsoletas como la Ley de Minas en España por poner un ejemplo.
  9. El Cambio. Elzéard Bouffier, el pastor de referencia, no tuvo inconveniente en emprender y aceptar un cambio crítico en su estructura de negocio y forma de ganarse la vida. Seguramente, en ningún momento de la historia se planteó que comenzar su proyecto de vida (Restaurar aquel paisaje triste y sin futuro por sí solo) fuera a obligarle a emprender un cambio tan significativo. Al fin y al cabo él era pastor y no sabemos, por falta de más información, si lo era por cuenta propia o ajena, pero, en cualquiera de los casos, abandonar su profesión debía significarle un auténtico reto: si trabajaba para otro, perdería su empleo que le había permitido horadar la tierra en tanto cuidaba de las ovejas y tendría que dar un salto al vacío, sin garantías económicas de subsistencia; y si lo hacía por cuenta propia, probablemente acabara mal vendiendo su ganado y arriesgando todos su ahorros en el incipiente proyecto de apicultor. Lo miremos por donde lo miremos, una decisión estratégica de gran calado personal. Pero… Bouffier era un emprendedor nato y sabía muy bien que, a este mundo, hemos llegado con dos enseñanzas: que vamos a morir y que vamos a tener que tomar muchas decisiones y él lo hizo.
  10. Responsabilidad Social. Llegados al último apartado de este breve análisis, ya nada nos puede extrañar sobre la historia de nuestro amigo el pastor. Dijo sí al cambio por responsabilidad y no perjudicar la tierra que pisaba, lo acabamos de leer en el punto octavo, pero podía haberse decidido entre muchas opciones a la hora de elegir un nuevo modelo de vida y él elige ser apicultor (se convirtió en un próspero apicultor). Su decisión no fue impulsiva, sino muy coherente. Adaptó su nuevo modo de ganarse la vida al entorno y lo puso a disposición del propio proyecto, las abejas iban a polinizar su bosque y asegurar así el desarrollo del mismo. Y es que alguien, ciertamente exagerado, dijo que si las abejas se extinguían, el hombre y los animales también lo harían. No es para tanto, pero, desde luego, sería un gravísimo problema de orden mundial y nuestro pastor, eso, ya lo sabía, de ahí que actuara con inteligencia y gran responsabilidad social, adaptando su cambio a la necesidad de su entorno y así poder dar continuidad a su proyecto.
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Plantar árboles no es siempre, necesariamente, una buena idea, máxime de una forma desordenada y sin criterio; podría ser origen, incluso, de catástrofes superiores a los beneficios esperados, tales como incendios, desaparición de terreno cultivable, etc. No obstante, yo les propongo a todos que, cuando usted deba celebrar cualquier éxito personal, profesional o corporativo, no lo haga de cualquier manera circunstancial, por más divertido que le pueda parecer o, si lo hace, haga esto que le voy a proponer también:

Plante un árbol, donde sea.

Elija un buen lugar al que le resulte fácil ir a visitar y plántelo allí, así lo podrá cuidar y ver crecer y se convertirá en el testimonio de su éxito, quien sabe si por muchos más años de los que puedan vivir sus hijos y sus nietos. Tendríamos que tener en las ciudades un espacio abierto, extenso, donde todos pudiéramos ir a plantar nuestro árbol, disponer de un placa con la fecha en la que lo plantemos y un registro en el Ayuntamiento en el que se dejara constancia de la historia que ese árbol quiere representar.  Pagando impuestos para su conservación, por descontado, no fuera que algún político, gobernante o funcionario se nos pudiera molestar.

Fuente: https://pascualpicarin.com/2021/03/23/el-hombre-que-plantaba-arboles/

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