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Neuromarketing: El cerebro y la ‘transformación’

Por Gonzalo La Rosa, Henry Engler, Leonel Briozzo

Algunas de las cuestiones más fundamentales sobre los orígenes evolutivos de nuestra especie, nuestras relaciones sociales y la organización de la sociedad se centran en cuestiones de altruismo y egoísmo. Aparentemente, el altruismo es una característica identitaria de los humanos dentro del mundo animal y esto surge del desarrollo del cerebro.

Muy esquemáticamente, se puede afirmar que hay una relación interdependiente entre dos niveles: el nivel de los circuitos cerebrales, y el nivel del comportamiento humano.

En el nivel de los circuitos cerebrales, existe una relación dialéctica permanente entre dos tipos de circuitos neuronales: por un lado, los circuitos neuronales de alerta y de defensa ante el peligro, y por otro, los circuitos neuronales de bondad y altruismo. Estos circuitos pueden ser dominantes en cada persona o ir variando en el transcurso de la vida, o incluso frente a estímulos o circunstancias de variado tipo.

Por su parte, en el nivel del comportamiento humano también existe una relación dialéctica permanente entre dos formas antagónicas; por un lado, el comportamiento basado en el egoísmo personalista, vinculado con la activación de circuitos neuronales de alerta y de defensa ante el peligro. Por otro lado, el comportamiento de índole solidario colectivista, vinculado con circuitos neuronales de bondad y altruismo.

Ambos comportamientos son imprescindibles para el desarrollo del individuo, de la persona, y de la sociedad en su conjunto. El egoísmo le da al ser humano el instinto de autopreservación, mientras que la solidaridad le da la capacidad de colaboración y creación colectiva. Ambos son necesarios y nadie es absolutamente egoísta o absolutamente solidario. De hecho, probablemente, a lo largo de la vida e incluso de acuerdo a situaciones personales concretas uno podrá tener opciones de resolución egotista o solidaria.

Es también importante analizar que, a nivel comportamental, la reacción ante estímulos externos será diferente de acuerdo a la dominancia del circuito altruista o del circuito egoísta.

Así, por ejemplo, se conoce que los diferentes tipos de comportamiento humano reaccionan diferente frente al estrés. Investigaciones de neurociencias ayudan a comprender los circuitos cerebrales del miedo. Existirían un “camino bajo” y un “camino alto” del miedo. El “camino bajo” implica la activación de estructuras cerebrales primitivas que sirve para detectar una amenaza a nuestra supervivencia y poner en marcha una respuesta que facilita la lucha o la huida. Esta reacción de miedo de “emergencia” es muy rápida para maximizar nuestras posibilidades de sobrevivir. Por su parte, el “camino alto” en el que la información viaja primero a la corteza prefrontal, el sector más evolucionado del cerebro, es más lenta, lo que permite tiempo para un análisis más completo de la situación. De esta manera, el sector más evolucionado del cerebro (la corteza prefrontal) puede controlar al sector más primitivo, lo que resultaría en una respuesta de miedo más modulada y matizada a distintos niveles de amenaza.

Podría entonces existir una relación entre los circuitos bajo y alto de miedo con la tipología de comportamiento y los circuitos dominantes del individuo de la siguiente manera: cuando predominan los circuitos neuronales de autopreservación, el comportamiento dominante es el egoísta, y ante el miedo predominaría un circuito bajo amigdalino; cuando predominan los circuitos altruistas, el comportamiento predominante será el solidario, y frente al miedo se facilitaría la vía de procesamiento alto, prefrontal.

Por otra parte, muchos autores plantean que el “circuito de miedo” es dominante sobre el circuito altruista y entonces, cuando el individuo se enfrenta a una alerta, predomina la autopreservación sobre la reflexión. De hecho, además, para activar el circuito solidario en general se requiere un esfuerzo reflexivo que implica el triunfo de la racionalidad sobre lo instintivo. Hay evidencias desde la neurociencia de que “las conductas autointeresadas están moduladas por las emociones prosociales que emanan de los valores sociales y morales que portan los agentes”, lo que daría al control social un rol importante, más allá de que la realidad muchas veces no secunda esta visión.

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El comportamiento humano y la matriz ideológica en la construcción política civilizatoria

Raúl Sendic y Henry Engler plantean que la matriz ideológica se desprende de la predominancia de uno u otro tipo de comportamiento social en relación a los diferentes circuitos neuronales dominantes.

Así, la preeminencia de un comportamiento social personalista, vinculado a los circuitos neuronales de alerta, llevará naturalmente a una visión conservadora, que prioriza el mantenimiento del orden establecido. La visión conservadora hace hincapié en la libertad individual en relación a la posesión de recursos, capital y poder, a la propiedad privada, al libre mercado como base y fundamento de la defensa del sistema capitalista de mercado como modelo económico excluyente. Los sentimientos de solidaridad y empatía, desde la visión conservadora, se expresan en las iniciativas caritativas que moderan los extremos más crueles de la justificación de la inequidad.

Por su parte, el predominio de los comportamientos de solidaridad y cooperación, relacionados con los circuitos altruistas de preeminencia de lo colectivo en el cerebro de las personas, llevará a visiones más relacionadas con el progresismo, que promueven el bienestar colectivo de la sociedad sobre todo desde la visión de evitar la profundización de la inequidad.

En situaciones de estabilidad política y opciones políticas honestas, a la hora de la identificación política, en general, las visiones conservadoras se identificarán con las propuestas políticas de la derecha, definida como “una política reaccionaria, que se define como oposición a los intentos reformistas radicales o revolucionarios que desafían las jerarquías sociales dadas, sean de clase, raza o género. Esta oposición se intensifica cuando los grupos subordinados se organizan y movilizan”.

Por el contrario, las visiones progresistas tendrán más facilidad para identificarse con las opciones de izquierda, siempre y cuando existan opciones honestas, confiables y factibles de lograr la transformación propuesta.

Definir izquierda política en la etapa “posprogresista” es complejo. En términos generales, la izquierda busca la justicia social y el abatimiento de la inequidad, con libertad.

Derecha e izquierda dialogan y confrontan en el marco de la democracia, disputando con sus relatos la opinión del votante, que será quien decida cuál de las opciones será dominante por un período de tiempo. Este modelo de disputa requiere un marco de valores comunes, vinculados con los valores de la laicidad: la verdad que emerge de la ciencia, la empatía en el abordaje de la peripecia de cada ser humano y el respeto de sus derechos inalienables, la libertad del ser humano, la justicia en términos de equidad, la responsabilidad con la situación que nos rodea.

La construcción de hegemonía social en democracia se hace a través de la construcción de un relato que es tomado por la sociedad, lo que Antonio Gramsci denominaba el “consenso manipulado”. La democracia sigue siendo el escenario más adecuado para enfrentar los desafíos del futuro porque implica la posibilidad de un involucramiento activo de la gente, del individuo en la gestión social. En cualquier caso, la legitimidad de la democracia debe terminar donde empiezan los derechos humanos. Los derechos humanos deben estar por encima de todos los ejercicios democráticos.

Volviendo al funcionamiento del cerebro, la democracia tiene una amenaza que no por ser conocida deja de ser menos grave: el manejo del miedo.

Las opciones de derecha se verán facilitadas si predomina una situación social de alerta mayor frente a ataques externos o internos. Esto ha sido conocido y manejado desde tiempos inmemoriales. Contemporáneamente, en nuestra región, el miedo interno a la delincuencia ha sido la puerta de entrada para la generación de un sentimiento difundido, sordo pero consistente, de inseguridad y miedo. Es dable plantear entonces que el prolegómeno para los giros conservadores sea justamente la construcción de este tipo de realidad-relato de miedo social.

Existe una responsabilidad insoslayable en el que maneja el miedo como herramienta política. A corto plazo se puede lograr un objetivo político inmediato, pero a mediano y largo plazo se sientan las bases de la destrucción del modelo de comportamiento democrático.

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La barbarie fundamentalista en tiempos de pansindemia y su efecto en el cerebro humano

Vivimos una crisis civilizatoria. El desarrollo del modelo capitalista extractivista y depredador del medioambiente es el causante de la denominada “sindemia global”, definida como la suma y multiplicación de las tres superepidemias contemporáneas: la epidemia de la obesidad, la epidemia de la desnutrición en exceso de calorías de baja calidad y la epidemia del cambio climático, el calentamiento global y el efecto invernadero, que se interrelaciona con la intoxicación crónica por sustancias derivadas de los derivados de combustibles fósiles que contaminan el planeta. Estas “microsustancias” se relacionan con enfermedades graves, desde enfermedades pulmonares, neurológicas (desde la enfermedad de Alzheimer al cerebro de los niños) hasta hallazgos en la placenta humana.

La actual pandemia de covid-19 tiene, en gran medida, las mismas causas que la sindemia global.

La crisis del modelo económico extractivista, propia de esta fase del capitalismo globalizado e interdependiente, genera las condiciones para abrir una etapa de nuevas pandemias, lo que hemos denominado la etapa de pansindemias. Esto genera un riesgo emergente para el presente y el futuro de la humanidad.

La crisis sociocultural, alimentada desde el fundamentalismo religioso, es la imposición del modelo patriarcal de relaciones sociales, basado en el machismo dominante por sobre la igualdad de género y de derechos. El riesgo es incuestionable para la salud, la dignidad y la vida de niñas y mujeres, lo es también para la infancia y para los propios hombres, ya que genera estereotipos violentos e insanos de relación con uno mismo y con los demás.

La crisis política y de convivencia a escala global viene dada por un ascenso del autoritarismo y la emergencia de neofascismos populistas conservadores por doquier.

La crisis moral que vive la humanidad, en íntima relación con las otras tres crisis reseñadas, es la crisis de la inequidad que se ha “normalizado” injustificadamente a nivel global, construyendo teorías conspirativas anticientíficas y contrarias frontalmente al laicismo.

En este contexto de crisis, el diálogo entre derechas e izquierdas se desvanece ante el avance del fundamentalismo autoritario y extremista. Dos ejemplos claros recientes son Donald Trump y Jair Bolsonaro, y hay varios en la lista. La hegemonía ya no se logra en base al “consenso manipulado de Gramsci, sino a la imposición del Estado sin necesidad de explicación ni raciocinio en lo que configura un neoterrorismo de Estado.

Aquí hay una nueva dimensión del par dialéctico egoísmo-solidaridad en la cual, en vez de desarrollarse cada polo de la contradicción, estos polos sintetizan un nuevo estado que podríamos denominar fanatismo. El fanatismo como posicionamiento personal, pero también colectivo, implica la anulación del individuo en el marco de un colectivo. Si el énfasis está en la derecha, lo podemos caracterizar como fascismo, y si es de izquierda, lo podemos tipificar como estalinista o incluso, cuando irrumpe o interviene lo divino, lo podemos caracterizar como fundamentalismo religioso.

El fanatismo quita del centro al ser humano y lo sustituye por una fuerza suprapersonal, terrenal (Estado fascista) o divina (secta religiosa), y en este contexto la verdad científica carece de valor, la libertad está anulada. El fanatismo carece de responsabilidad sobre el medioambiente. Así, los fundamentalismos de cualquier signo son la negación de la política, en tanto y en cuanto no reconocen al otro, simplemente se plantean exterminarlo.

Hoy la derecha asume nuevas formas fundamentalistas fanáticas que actúan con una matriz común constituida por el terror para activar miedo, la total autoridad para disminuir la incertidumbre, la represión para contener libertades y la construcción de hegemonía cultural con rasgos fascistas, mesiánico-machistas, que consolidan el valor del líder.

La debilidad de la derecha liberal es un gran problema para la democracia, y existe una responsabilidad histórica en estos sectores de involucrar al fascismo en sus proyectos o, por el contrario, sumarse al esfuerzo civilizatorio, obstaculizando esa expresión fanática.

Perspectivas civilizatorias desde las enseñanzas del funcionamiento del cerebro humano

La coyuntura actual es extremadamente desafiante, ya que la crisis coincidirá con el avance de los fundamentalismos políticos y religiosos. En este sentido se ha emparentado la salida de la pandemia de covid-19 con las condiciones que generaron el surgimiento de los movimientos nazi-fascistas hace exactamente un siglo. Esta situación es el verdadero peligro a escala global en el futuro próximo.

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Frente a esto, en base a los conocimientos de la neurociencia reseñados, es importante entender que se puede combatir los circuitos perpetradores del crecimiento de los fundamentalismos mediante la preeminencia del control ético social sobre las conductas fanáticas, a la vez que se recuerda que el miedo y el inmovilismo sólo facilitan una escalada fascista a escala global.

Para enfrentar el terror existen al menos tres ámbitos para actuar: el individual, el colectivo y el de la política.

En lo individual, contribuir a modificarnos interiormente, ser buenos y altruistas con nosotros mismos. Es muy importante en la vida del individuo y de la sociedad promover la impenitencia de luchar por lo que se puede cambiar, aceptar lo que no se puede cambiar y tener la sabiduría colectiva e individual de diferenciar una cosa de la otra.

En lo colectivo, rescatar el rol de la militancia como práctica que, alejada del interés de cargos (poder) y prestigio (fama), puede, nuevamente, lograr un efecto de neuroplasticidad que genere la base de un exitoso enfrentamiento a la amenaza autoritaria y fascista que se cierne en el horizonte. Retomar el valor de la formación y la acción política en base al interés colectivo, con y desde la gente.

En lo político, retomar el valor de la política civilizatoria parece ser una prioridad clara en el momento actual, y en ese sentido, retomar un diálogo político entre los diferentes puntos de vista, sin necesidad de cambiar de bando, pero sí de sincerarse con respecto al compromiso con los valores de la laicidad, el reconocimiento de la ciencia y la defensa de los derechos humanos, es fundamental. Ciencia y política deben lograr una relación estable y propositiva, más allá de las convicciones. Ambas deben subordinarse indefectiblemente a una moral íntegra fundamentada en la empatía. El logro de un acuerdo ético en el relacionamiento de la política será fundamental a la hora de establecer acuerdos públicos sobre las reglas de juego.

El futuro de la humanidad se encuentra en un cruce de caminos, y las decisiones que se tomen hoy determinarán lo que ocurra con nuestro planeta y con nosotros mismos. El origen de las decisiones estará determinado por la activación de los circuitos egoístas o solidarios en los cerebros de cada uno de los seres humanos. No está claro si lo lograremos, lo que sí está claro es de qué lado tenemos que estar para aportar a la paz, la felicidad pública, la libertad y la justicia. La tarea, entonces, debe ser reflexionar sobre el presente librando la mente del egoísmo que se mueve por ambición de poder o de fama, proyectando el futuro con altruismo para construir una sociedad más justa y solidaria, donde el ser humano, el individuo, sea el centro.

Fuente: https://www.america-retail.com/marketing/neuromarketing-el-cerebro-y-la-transformacion/

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