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¿El tiempo lo cura todo? 5 motivos por los que el sufrimiento no tiene “fecha de caducidad”

Por Jennifer Delgado Suárez

“El tiempo lo cura todo”, suelen decir. Sin embargo, lo cierto es que el tiempo no cura las heridas, somos nosotros quienes debemos sanar a lo largo del tiempo. Pensar que el tiempo es una solución garantizada para nuestros problemas, conflictos y sufrimiento genera una actitud pasiva que suele terminar alimentando un estado abúlico en el que crecen la frustración, la insatisfacción y el dolor.

De hecho, un estudio realizado en la Universidad Estatal de Arizona descubrió que, a pesar de que tenemos la capacidad para recuperarnos de los eventos traumáticos, muchos de los sucesos que alteran considerablemente nuestra vida nos siguen afectando varios años después, de manera que muchas personas tardan mucho más de lo previsto en recuperarse.

Por tanto, dejar nuestra sanación emocional en manos del tiempo no es precisamente la apuesta más segura o inteligente que podamos hacer. Y existen diferentes razones que lo sustentan.

¿Por qué el tiempo no cura todas las heridas?

1. El dolor suele empeorar antes de mejorar

Pensar que el tiempo lo cura todo equivale a creer que la sanación emocional sigue un proceso lineal en el que el dolor se va atenuando paulatinamente conforme pasan los días. Sin embargo, quienes han sufrido una pérdida dolorosa saben que no ocurre así.

Los primeros días no suelen ser los peores porque cuando el golpe es demasiado fuerte se activan mecanismos de defensa como la negación para protegernos ya que actúan como una “anestesia emocional” durante los primeros días o semanas. Cuando su efecto comienza a atenuarse y nos vamos dando cuenta de la verdadera magnitud de lo ocurrido, ese dolor contenido rebrota y puede golpearnos con mayor intensidad que al inicio.

Por eso, no es extraño que el sufrimiento se recrudezca semanas o incluso meses después del suceso doloroso. Además, la intensidad del dolor que experimentamos durante todo ese tiempo suele ser extremadamente variable, de manera que los días “buenos” se intercalan con jornadas “malas”. Esos altibajos emocionales forman parte del proceso.

2. No todos mejoran con el paso del tiempo

Como regla general, 18 meses después de una pérdida significativa, la mayoría de los síntomas más intensos característicos del duelo suelen atenuarse, desde la tristeza generalizada hasta el insomnio, la ira, la anhedonia o las pesadillas. Sin embargo, esa regla no se aplica a todas las personas.

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Hay quienes pasan por un duelo complicado y se quedan estancados en el dolor. En el caso del duelo no elaborado, por ejemplo, nos quedamos atrapados en una de las etapas ya que no logramos procesar emocionalmente la pérdida. Nuestro mundo interior no se reestructura para aceptar lo ocurrido, ya sea porque la realidad genera sentimientos demasiado abrumadores como para poder gestionarlos o porque creemos que dejar ir el dolor es una traición para la persona que nos abandonó.

Por tanto, si bien todos tenemos un poder de sanación interior natural, cada caso es diferente y no siempre es posible salir adelante sin la ayuda de un profesional que pueda canalizar las emociones e ideas desadaptativas. Podemos llegar a ser muy resilientes, pero también es importante ser conscientes de nuestros límites y comprender que el paso del tiempo no es garantía de sanación.

3. El tiempo pasa de manera extremadamente lenta cuando se sufre

El tiempo puede ser una medida objetiva para los físicos, pero para quien sufre se vuelve extremadamente subjetivo. Cuando estamos enfermos, por ejemplo, el tiempo pasa con gran lentitud. Los minutos que tenemos que esperar hasta que los medicamentos hagan efecto pueden parecernos una eternidad.

De hecho, neurocientíficos de la Universidad de Lyon han comprobado que el dolor y las emociones negativas alteran nuestra percepción del tiempo, haciendo que este pase más lento. Estos investigadores apuntan a la corteza insular anterior, una zona del cerebro que integra las señales del dolor corporal pero que también es un componente crítico involucrado en la integración del dolor, la autoconciencia y el sentido del tiempo. Sugieren que la estimación del tiempo y la percepción de uno mismo podrían compartir un sustrato neuronal común y que cuando nos sentimos mal, nos centramos demasiado en nosotros mismos, lo cual contribuye a la impresión de que “el tiempo se detiene”.

Por eso, decir que el tiempo lo cura todo es un eufemismo. Cuando estamos sufriendo, los minutos nos parecen horas y las horas se transforman en días que pasan lentamente. Esa es la razón por la cual, cuando la adversidad llama a nuestra puerta, nos parece que hemos sufrido lo indecible y pensamos que el dolor nunca acabará. Nuestra percepción del tiempo se altera.

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4. El tiempo conduce a la resignación, no a la sanación

Las heridas del alma no sanan como las heridas del cuerpo – al menos no siempre. Sentarnos a esperar, sin hacer nada para procesar ese duelo o trauma, no conduce directamente a la sanación sino más bien a una callada resignación.

Cuando el tiempo pasa y el dolor no se atenúa porque no procesamos lo ocurrido, sienta casa un estoicismo que poco tiene que ver con el crecimiento que se produce tras el trauma sino que se parece más a la indefensión aprendida y el conformismo de quien se ha rendido.

El tiempo nos puede ayudar a tolerar mejor el dolor porque nos acostumbramos a sus punzadas, pero no nos ayuda necesariamente a superarlo y salir fortalecidos o con una visión nueva. De hecho, en muchos casos puede sumirnos en la anhedonia y la depresión, haciendo que renunciemos a la propia sanación.

5. El trauma es atemporal

Ni el trauma se produce inmediatamente ni tiene fecha de caducidad. Un estudio realizado en el Uniformed Services University of the Health Sciences reveló que el 78,8% de los soldados gravemente heridos no mostraron señales de trauma al mes del evento, sino que estas aparecieron siete meses después. En los traumas de aparición tardía, por ejemplo, el impacto emocional permanece aparentemente inactivo, pero puede aparecer más tarde.

De la misma manera, los recuerdos traumáticos intrusivos se pueden mantener durante mucho tiempo después de que haya pasado el evento desencadenante y tienen la misma nitidez que cuando vivimos la experiencia original. En el caso de los flashbacks, pesadillas o pensamientos e imágenes intrusivos, nuestro cerebro no diferencia la realidad de los recuerdos, de manera que el dolor y el sufrimiento que experimentamos es muy intenso.

Hasta que no procesemos esas experiencias y las integremos en nuestra memoria autobiográfica, no lograremos restarle su impacto emocional, de manera que seguirán doliendo casi como el primer día.

En cualquier caso, es difícil saber cuándo nos vamos a recuperar de un evento doloroso. Aunque sabemos que el sufrimiento duele, no duele igual para todos. Por eso, la sanación emocional es un camino personal, a menudo sembrado de altibajos.

Fuente: https://rinconpsicologia.com/el-tiempo-lo-cura-todo/

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