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El éxito no es una revolución, sino una evolución

Por Francisco Alcaide

A veces las cosas tardan tiempo en llegar, pero llegan. Cuando uno tiene claro su propósito, se focaliza en sus talentos, hace de la excelencia su modo de vida y no cae en la autocomplacencia, las piezas se van encajando hasta formar un puzle armónico. No es algo repentino (revolución), sino un proceso (evolución).

Un caso es el del equipo de baloncesto de los UCLA Bruins de la década de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. Los Bruins ganaron diez veces la liga NCAA de baloncesto en doce años con el legendario entrenador John Wooden. Lo que poca gente sabe es que antes de ganar su primera liga, Wooden había entrenado a los Bruins durante quince años. Año tras año Wooden fue sentando las bases de lo que sería un éxito memorable que continúa recordándose. El propio John Wooden, autor de obras como Coach Wooden´s Pyramid of Success, decía cierta vez: «Cuando mejoras un poco cada día, al final ocurren grandes cosas. Cuando mejoras tu forma física un poco cada día, al final se produce una gran mejora en tu forma física. No mañana, ni al día siguiente, pero al cabo del tiempo has hecho un notable progreso. No hay que buscar mejoras rápidas y espectaculares, sino mejoras pequeñas, día a día. Ésa es la única forma en que ocurren, y cuando lo hacen, permanecen».

Las transformaciones, empresariales y personales, nunca son repentinas, sino la consecuencia a un proceso orgánico acumulativo. Las empresas ‘ganadores’ tienen claro en qué pueden ser las mejores (tener una ventaja competitiva) y ahí se centran y desde ahí crecen. No se dejan arrastrar por la última moda ni miran demasiado a los lados. Preservan su núcleo (core business) y se adaptan al entorno, pero sin perder nunca su esencia y valores esenciales, que es lo que las hace únicas. O como apunta el inversor Warren Buffett, «se aferran a lo que conocen y dejan que sean sus habilidades, y no sus egos, las que determinen qué pretenden»

Otro caso parecido es el de Sam Walton que empezó en 1945 con una simple tienda y no abrió su segundo local hasta siete años después. Walton fue empujando poco a poco hasta que el concepto de tiendas de ultramarinos con grandes descuentos apareció como un paso evolutivo natural a mediados de los sesenta. Walton tardó un cuarto de siglo en convertir su tienda en una cadena de 38 grandes almacenes Wal-Mart. Después, entre el año 1970 y el año 2000, Wal-Mart llegó a un punto de tener 3.000 establecimientos y unos ingresos de 150.000 millones de dólares. 

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Sam Walton escribió en Made in America: mi historia: «En cierta manera, a lo largo de los años la gente ha tenido la impresión de que Wal-Mart era (…) simplemente una gran idea que de la noche a la mañana se convirtió en un éxito. Pero (…) fue el resultado de todo lo que llevábamos haciendo desde 1945 (…) Y, como la mayoría de los éxitos, tardamos veinte años en conseguirlo».

Hace algunos años el profesor Jim Collins, realizó durante cinco años una rigurosa investigación para estudiar a aquellas empresas que habían pasado de ser ‘buenas’ a ‘extraordinarias’. Aquella investigación la plasmó en uno de los libros clásicos del management Good to great que conviene leer y estudiar. Allí escribe: «Aunque desde fuera pareciera que el éxito se había conseguido de repente, lo cierto es que desde dentro se veía de una manera totalmente diferente. Se trataba más de un proceso evolutivo, tranquilo y deliberado, de averiguar lo que tenían que hacer para producir los mejores resultados en el futuro y después de ir dando pasos, uno detrás de otro». Es más, cuando ocurren los grandes cambios, muchas empresas ni siquiera son conscientes de la magnitud de esos cambios porque se han producido progresivamente, igual que un niño que crece y los padres no notan ese crecimiento, pero quienes no ven al niño desde hace tiempo ven un cambio sustancial. Esto escribe Collins en su obra: «Las empresas que se convirtieron en ‘extraordinarias’ no tenían un nombre para hablar de sus transformaciones (…) Algunos ejecutivos nos dijeron que ni siquiera eran conscientes de que se estaba produciendo una transformación tan radical hasta que fue efectiva. Para ellos fue más evidente, una vez que se dio por hecha que mientras estaba ocurriendo».

Las pequeñas cosas acaban convirtiéndose en grandes con el paso del tiempo. Como escribimos en Fast Good Management, «no tengas miedo de ser modesto al principio. Los comienzos son siempre discretos. Lo importante es empezar, dar el primer paso, porque ese primer paso te sitúa más adelante que si no hicieses nada y genera inercia positiva, y además cada paso que das te hace estar más cerca de tu objetivo». También en Aprendiendo de los mejores (Alienta, 26ª edición) decimos: «Siempre que se disponga a mejorar sus capacidades, cambiar su comportamiento o mejorar su vida, comience por incrementos pequeños. Querer hacer demasiado en poco tiempo sólo conseguirá desanimarlo».       

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Fuente:     https://franciscoalcaide.com/blog-francisco-alcaide-2/295-el-exito-no-es-una-revolucion-sino-una-evolucion

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