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Qué hacer cuando nada sucede como deseas

Por Virginia Cabrera

Cuando el futuro es incierto, lo habitual es ponerse nervioso.

Si como yo, eres de los que gusta tenerlo todo bajo control, esperar a ver qué pasa, es una tortura. Y eso de que “el Señor proveerá”, no cuela. La ansiedad, y a veces la angustia, te corren por las venas.

Necesitas hacer algo. Por eso, te acercas a cualquier “metodología” para hacer frente a ese momento donde nada es como te gustaría. Una hoja de ruta que te ayude cuando hay demasiadas variables que no dependen de ti.

Tal vez necesitas ver más allá de la niebla.

Redefiniendo tu concepto de esperanza

Esperanza tiene, según la RAE, dos acepciones. “En el cristianismo, virtud teologal por la que se espera que Dios otorgue los bienes que ha prometido”. Pero también, “Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea”.

Visto en su primera acepción, a mí la esperanza me resulta desesperante. Algo así como una preparación para la decepción futura. Y, sin embargo, creo que lo segundo es esencial para mantener motivación, salud y desempeño. Al menos lo es en mi caso.

A mí me cuesta esperar sentada, porque me cuesta depender de terceros, y porque no comulgo con la idea de pensar que “Dios aprieta pero no ahoga” y que será mejor mañana solo porque hoy no es suficientemente bueno.

No me basta eso de que “cuando se cierra una puerta siempre se abre una ventana”. Necesito saber que la voy a poder abrir yo. No me vale (ni me consuela el agobio del presente) la esperanza per se en que todo se arreglará, la ilusión de que me tocarla esa lotería que cambiará mi vida.

Necesito saber que tengo poder de gestión, que algo puedo (y debo) hacer yo, aunque sepa que va a ser a fondo perdido y sin garantía alguna de éxito.

Me gusta me más ese “quien la sigue, la consigue”. Así es que necesito saber que tengo un plan que va más allá de la pura espera a que escampe.

Y hoy sé que “empujar” a la esperanza comienza con un trabajo consciente para imaginar un futuro mejor, continúa con una planificación que respalde ese futuro y hace necesario el aceptar que, por mucho que hagas, el futuro sigue ahí desconocido.

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Imaginando un futuro que te cuadre. Y que te guste

Al menos yo lo necesito.

Porque si no me tiraría al río.

Necesito “verme” en un contexto donde las cosas salgan, de alguna manera, como espero y deseo. Sabiendo que ni lo que haré, ni dónde o con quién lo haré serán como imagino, pero donde, al menos en parte, me sentiré como quiero sentirme.

Me niego a imaginar un futuro imposible o negro. Asumiendo, que muy probablemente tendré que reformular mi plan. Como Xesco Espar, si tengo que cambiar de plan, lo hago.

Xesco quería ser campeón de Europa de balonmano y, camino a su sueño, mudó varias veces de piel. Debutó en las categorías inferiores del Barça y conquistó una Recopa de Europa y una Copa del Rey en las dos únicas temporadas que jugó en el primer equipo. “De los malos era el bueno, pero de los buenos era el malo”, reconoce con humor el exjugador. Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte y con un Máster en Psicología del Aprendizaje pasó a entrenar al conjunto junior del club a principios de los noventa. Tras seis años dio el salto a la primera categoría del FC Barcelona como preparador físico y ayudante del entrenador Valero Rivera y acabó siendo su sucesor en el banquillo barcelonista. En su primera temporada al frente del equipo, conquistó, al fin, la Copa de Europa. “No cambié mi objetivo, cambié el vehículo”, asegura el entrenador.

Te recomiendo que escuches esta entrevista. No tiene desperdicio.

Antes que renunciar a tus sueños, renuncia a tus maneras de llegar a ellos.

Imagina alternativas da energía. Así que en lugar de fijarte en un futuro sombrío, imagina conscientemente futuros alternativos plausibles para ti que te traigan motivación y confianza en lugar de temor y ansiedad.

Parece una chorrada pero escribir ayuda

Bajar a tierra sensaciones describiéndolas en situaciones concretas. Sabiendo que muchas de ellas no llegarán a ser, que ninguna será tal cual la imaginas…  pero “verte” proyectado es muchas veces el primer paso. La primera conexión neuronal.

Hay quien dice que cuanto más detalle pongas en esa visualización de tu futuro, más probable será que lo hagas, porque más “sintonizas” tu cuerpo y tu cabeza hacia ella. Que imaginar las conversaciones que tienes con las personas que te rodean, los sitios que frecuentas y, hasta el cómo te vistes, ayuda. Que contribuyen desde ya a generar seguridad y confianza.

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Si no contrarrestas los temores con los que tu cerebro tiende a “boicotearte”, estás, salvo milagro, fuera de juego.

Hacer es la clave

Yo no soy de las que piensan que “querer es poder”. Sé que no querer es no poder, pero que solo el deseo no basta.

  • Necesito pruebas. Necesito dar pasos hacia donde quiero ir, aunque sepa que algunos de ellos, los daré en círculos o incluso en dirección contraria.
  • Necesito planificar. Necesito ponerme objetivos, por muy inalcanzables y surrealistas que parezcan. Incluso si me parecen “tan subidos” que no me atrevo a contarlos a nadie. De hecho, creo que hacerlo casi nunca ayuda, porque saber que es muy difícil, ya lo sabes.
  • Necesito una hoja de ruta. Aunque no me lleve a ningún sitio. Solo la acción vuelve probable lo que imaginas.

Sabiendo que llevar las riendas no garantiza nada

Por último, y aunque parezca contradictorio con lo anterior, es necesario aprender a hacer las paces con el hecho de que no podemos controlar o predecir el futuro a pesar de nuestra visualización destallada, de nuestra voluntad decidida y de nuestra impecable hoja de ruta.

No es que el traspiés sea bueno, es que es inevitable.

Por eso hay que dejar de tenerle miedo y aprender a convivir con él. Porque de otro modo provoca parálisis (“para evitar el fracaso, ni lo intento”), ocultación de nuestros errores (“qué vergüenza, qué van a pensar”), desmotivación y abandono (“no funciona, no lo voy a seguir intentando”) y lo peor: culpabilización de los demás y hasta cabreo (“no hizo, no me apoyó”)

Cuesta, pero hay que aprender a vivir con templanza tus “momentos valle”, esos momentos en los que, o no sucede nada, o lo que sucede no es para nada lo que esperas. Aprender a aprovecharlos para estudiar, para probar cosas nuevas,  o para descansar y relajarte sin comerte las uñas y cargando las pilas para cuando llegue tu momento pico. Recordándote una y otra vez, que los rellanos se inventaron para poder subir muchas escaleras.

Otro ejercicio interesante, es aprender a ver la oportunidad y el aprendizaje que se esconde en la adversidad. El fracaso forma parte del proceso hacia el éxito, sólo si somos capaces de aprender de él. Y aprender a hacerlo es esencial, porque las cosas rara vez van rodadas. Y casi nunca salen exactamente como las ha planeado.

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Por eso, conviene quedarse con aquello de que “lo contrario del éxito no es el fracaso; es no moverte, es no hacer nada.”

Fuente: https://balcon40.com/2022/05/13/4428/

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