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Cuando el trabajo nos quita la felicidad (y la salud mental).

Está psicológicamente a salvo en tu empresa?

La pregunta tiene tela. Lo sé.

Y la respuesta es compleja. Y conlleva el análisis de muchas variables.

Un punto MUY importante antes.

El trabajo es trabajo. Y no tienes que salir irradiando felicidad de tu trabajo.

Muy importante, la felicidad no sé lo que es, pero lo que está claro es que es absolutamente subjetiva y personal. Y que depende de muchos factores que escapan de tu control, del mío y de la empresa que te contrató (o del proyecto empresarial en el que tu solita te has metido).

Depositar tu felicidad en el trabajo es como hacerlo en tu relación de pareja, en el dinero, en la salud o en cualquier otra cosa que sea variable. Es un drama. La clave es mantenerte en equilibrio cuando todo eso falla. La clave, para mí, está en ser capaz de diseñar, aprovechar y disfrutar de momentos en los que en medio de todo ese caos que es vivir, algo pequeño, cotidiano y natural te hace bien.

Así que el trabajo no tiene que darte la felicidad, pero lo que desde luego tampoco tiene que hacer, es quitártela.

Dicho esto…

Si tu trabajo te está quitando tu felicidad, tu serenidad, tu equilibrio y/o tu salud mental algo debemos revisar

Y digo esto porque es terriblemente frecuente.

Cada día veo personas rotas por dentro.

Veo en las empresas cada día.

  • Personas con unos niveles de estrés insufribles. Que presentan un variado repertorio de manifestaciones: lloran, se exasperan, bajan terriblemente el rendimiento, están irascibles y ciclotímicos, fuman sin medida, comen y beben en exceso y/o defecto, se drogan y/o se ven obligados a consumir psicofármacos para poder sobrellevar el ritmo laboral. Cito algunos solo por empezar.
  • Personas con unos niveles de autoestima por los suelos, con una sensación de indefensión aprendida que les hace ir sin rumbo y sin saber lo que está bien y lo que está mal, que lloran y se culpan por no estar a la altura de las expectativas de un/varios jefes que vuelcan su despotismo y/o inseguridad sobre sus colaboradores.
  • Personas que llegan a desarrollar una depresión asociada a los niveles intolerables de ansiedad (por el estrés mantenido en el tiempo) anteriormente mencionados. Y entonces puedes observar en sus manifestaciones más graves que las personas desarrollan tal síndrome de burnout que los deja en estado semicatatónico, paralizados, casi inertes, desdibujados de si mismos y de su autogestión.
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Los lunes y los viernes suelo tener sesiones individuales con profesionales que buscan una mejora profesional, que quieren poner su talento en acción para conseguir mejores resultados (una cuña promocional de mi libro nunca viene mal, como puedes ver).

A veces abro la sesión de Zoom con miedo. A ver cómo está esta semana, pienso para mis adentros.

Y hay días que es terrible asistir en directo al deterioro que un trabajo puede tener en el estado psicológico de una persona.

Lloran. Lloran con mucha frecuencia. No hace falta ser el mejor psicólogo del mundo para entender que algo está dañado ahí y que eso no es normal. Repito, no es buscar la felicidad en el trabajo, es que el trabajo no sea la fuente de infelicidad.

Y hablando de lo normal. Normalizamos. Normalizamos en exceso.

Jornadas eternas de 12 horas. O más. En todo caso de mucho más de 8.

Ausencia absoluta de desconexión digital y/o telefónica. Casi casi 24 horas.

No comer. Es que flipo. ¡Que no comemos! (o lo hacemos pero engullendo lo que ya sabemos que no debemos) Que apenas tomamos agua. Que nos estalla la cabeza y nos parece que el ibuprofeno es la mejor solución. Que cuando fruto de ese desajuste y como consecuencia de las barabaridades que hacemos por el día, nuestro cerebro no logra ni dormir por la noche (llamándonos a gritos para que hagamos algo con nuestro cuerpo) lo drogamos. Bien de pastillas y a por nuestro sucedáneo de sueño no reparador. Y así, al día siguiente nos levantamos más cansados que cuando empezamos. Y lo normalizamos.

deporte sí. Pero el fin de semana. El fin de semana como si es que me quedan fuerzas para levantarme de la cama. O si, en el mejor de los casos no tengo que seguir trabajando, que también se da. Y el domingo, que parece que logro despertar un poco y atender a mis emociones, lloramos. O nos entra la asfixia (literal). O, muchísimo peor aún, no sentimos absolutamente nada. Y queremos dejarlo todo. Dinamitarlo, hacerlo saltar por los aires. No tenemos fuerzas para pensar pero aún nos quedan para escapar. Como no puede ser y las facturas hemos de pagar, agachamos la cabeza, damos gracias por tener trabajo (que hay otros que están peor) y a por una semana más.

Y el portátil pa´atrás y pa´lante. Y la agresividad que no sale dónde tiene que salir, aparece en el coche. Y en nuestros comportamientos cotidianos. Siempre exasperados. Siempre impacientes. Siempre en alerta.

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Y las expectativas. Esas siempre en el aire. “Te ampliaremos el equipo, el salario. Esto va a cambiar. En cuánto cerremos tal campaña o cuando abramos la nueva planta, todo esto mejorará”. Ya. Hoy no. Mañana. Que decía áquel…

Y la culpa. La culpa porque no llegas, la culpa cuando digo que no y cuando digo que sí, la culpa cuando no estás para la pareja, ni para los niños, ni para los padres. Ni para ti mismo. Y los esfuerzos sobrehumanos por compensar. Y así, volvemos a sentir que no llegamos. Y más frustración. Y más deterioro psicológico.

La manipulación, el hacer sentir de menos, el jamás valorar un logro para que no se lo crean (y no pidan en consecuencia). El que les traten como vagos (si no lo veo ocupando su sitio no trabaja).

Normalizamos las voces. Dios mío, que a mi también me han dado voces en el trabajo. Una señora que se creía directora comercial de algo, me dio voces en el despacho del señor que se creía el líder de la compañía. Se me había olvidado algo, ya no recuerdo. Lo que no se me olvidó nunca más es que por ahí… jamás.

El trabajo es trabajo. Pero conforma el lugar dónde pasas más parte de tu vida.

Y por eso necesitamos, de forma urgente, conseguir que las organizaciones y sus líderes estén capacitadss para que diseñar entornos de trabajo psicológicamente saludables. Eso pasa por entender que la organización es un sistema lleno de relaciones establecidas que debemos cuidar, entrenar, proteger y atender para conseguir que las personas de nuestras organizaciones saquen su talento en paz. Y generen mejores resultados. Y ganen ellos. Y ganemos nosotros. Y ganemos todos.

Y últimamente me obsesiona este tema. Me preocupa, me ocupa y me obsesiona (sé que esta última palabra no está muy bien vista pero a mi me moviliza a la acción de una forma única).

Así que también, he tenido la oportunidad de abordar este tema en esta conversación para el podcast de mi querido y admirado Javier García. Es un lujo hablar con él de cualquier cosa, pero poder hacerlo de la importancia de la psicología y del cuidado de los aspectos psicológicos dentro de la organización ni te cuento. Ver como, con su perfil financiero y totalmente ligado a los objetivos de la dirección, vincula la estrategia de gestión de talento a la estrategia organizacional es poesía para los oídos de cualquier perfil humanista en el management y la organización.

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Escúchalo ya, que nos está llegando un feedback increíble de esta conversación y nos encantará tener el tuyo también.

Si eres más de escuchar, este es el enlace del capítulo para Spotify.

Tal vez no te sientas identificado con ninguno de estos aspectos que describimos. Enhorabuena.

Ojalá muchas organizaciones como la tuya.

Ojalá poder ir a un lugar en el que currar, aportar, crear, mejorar, colaborar.

Ojalá venir muy cansados porque hemos dado lo mejor pero con la energía arriba porque hemos sentido que estamos contribuyendo a que algo importante para nosotros vaya un pelín mejor.

Ojalá sentir que mañana será otro día.

Ojalá un equilibro, un tiempo para el cuidado de las personas que quiero (incluidos nosotros mismos).

Ojalá un poco de tiempo para bajarnos del demoledor piloto automático en el que vivimos. Ojalá todo esto.

Pero si aún no llega. Si en tu organización no lo ves. Si crees que puedes hacer algo por mejorarlo o si crees que tienes que aprender a poner límites para salvaguardar tu estabilidad… hablemos. Y busquemos soluciones.

Si crees que hay alguien a quién conozcas y a quién aprecies que le venga bien dejar de normalizar ciertas cosas que tú ves que no le están haciendo bien, enviáselo. Si crees que algún jefe debería leerlo, no dudes en compartirlo. A lo mejor, entre todos, logramos que alguien diga hoy mismo… ¡hasta aquí hemos llegao!

Fuente: https://elenaarnaiz.es/trabajo-felicidad-salud-mental/

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