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¿Por qué tu tiempo y el mío no son igual de valiosos?

Dice la socióloga Judy Wajcman, en una cita que usa Julen Iturbe al reseñar su libro “Esclavos del tiempo”, que no será la primera en sugerir que “el concepto de que el tiempo de todo el mundo es igualmente valioso es auténticamente revolucionario”.

La frase subrayada, que suena tan simple y debería ser casi una obviedad, es “auténticamente revolucionaria” porque la mayoría de los mortales no cree en ella, ni la aplica, al gestionar e interpretar el tiempo de los demás. Fue leer a Wajcman y entender de pronto la carga de profundidad que transmite esa idea si nos la tomáramos en serio.

Una forma de hacerlo es preguntarnos por qué mi tiempo y el tuyo no suelen valer igual. Cuestionarse eso es “revolucionario” porque pone en entredicho la creencia general, tan arraigada desde la visión economicista con que esta sociedad juzga casi todo, de que una hora de la persona X vale más que la de Y por la mera razón de que es más cara, o porque sabe más, o tiene más estatus.

Es obvio que esa lectura siempre se puede hacer en términos de costes salariales y es el análisis clásico que cualquier empresa llevaría a una Hoja de Cálculo. Eso es así y punto. El problema viene cuando se extiende a la forma de tratar y valorar a las personas que son, en última instancia, humanos por igual. Que lo seamos significa que el tiempo nos afecta del mismo modo a todo/as.

Lo que quiero decir, o más bien creo que dice (y yo interpreto) Wajcman, es que el tiempo debería ser un factor de equidad, igualador, porque es un recurso finito para todos como la edad, la salud o la mismísima muerte. Pero en la práctica no es así: a más mercado, más desigual es el valor del tiempo de las personas. Leía hace poco una noticia en El País sobre el debate ético que suscita en Estados Unidos que “profesionales de las colas” hagan el trabajo a otras personas que pueden pagarles para, por ejemplo, mercantilizar el acceso a algo tan esencial en la democracia como  un debate en el Congreso o una audiencia de la más alta instancia judicial del país. Incluso, comprando tiempo de esas personas que hacen las colas en sustitución de los verdaderos interesados se puede conseguir un mejor acceso a la educación pública cuando esas plazas se conceden por orden de llegada 🙁

Pensándolo bien, me atrevo a especular que cualquier diferencia en el “valor” de una hora o día de tiempo entre dos individuos nunca debería medirse en términos salariales o de validez personal sino en función de algo que, afortunadamente, no sabemos: ¿cuánto tiempo de vida le queda a cada persona? Para alguien al que le quedan 3 o 4 años de vida, cada hora o día debería “valer” mucho más que si lo comparamos con el que todavía va a disfrutar de 20 o 30 años por delante, aunque el segundo cueste diez veces más en salarios que el primero.

Podemos añadir más criterios que son menos inciertos que el de los años de vida para renegar de ese filtro tan economicista (y terriblemente inhumano) de medir (comparar) el valor del tiempo de las personas según su supuesta valía profesional que expresan los salarios o su estatus. Por ejemplo, imaginemos una trabajadora que por estar en su centro laboral está dejando de atender a cuatro hijos o tiene que dejar descuidada a una persona dependiente que está a su cargo. En una circunstancia así: ¿cuál debería ser el “valor” de cada hora de esa trabajadora en términos de “costes de oportunidad” (uso el término economicista a propósito) si se compara con el de su jefe o jefa que cobra el triple pero que, en este caso, no tiene ninguna de esas cargas?

Si digo que el tiempo nos iguala a todos es pensando en lo que debería ser pero sabiendo que en la práctica no ocurre así. Ni siquiera la muerte es una gran igualadora como tampoco lo es la salud. Los más ricos no pueden evitar la muerte pero sí tienen más posibilidades de aplazarla que los pobres. Hay muchos datos que corroboran eso pero por aportar uno que cita Seth Stephens-Davidowitz: “en promedio, las mujeres estadounidenses situadas en el 1% superior de los niveles de renta viven 10 años más que las situadas en el 1% inferior; y en el caso de los hombres, la diferencia es de 15 años”.

En una sociedad justa, equitativa y más humanista, la hora del director general debería valer lo mismo que la de una persona de la limpieza o del que trabaja en la recepción. Cuando digo que debería valer lo mismo significa que merecería el mismo respeto porque ese tiempo representa una parte de la vida de personas que tienen, en principio, el mismo derecho a disfrutar de esa ventana de existencia.

Insisto en que esa idea es revolucionaria porque lo que habitualmente hacemos, y lo tenemos perfectamente normalizado, es medir en términos económicos el valor del tiempo. El coste de oportunidad de una hora de trabajo no se mide por lo que socialmente se pierde como alternativa sino por la cantidad de dinero (o de trabajo) que compite con esa hora. Es por eso por lo que Judy Wajcman dice que con el capitalismo, el tiempo es literalmente dinero y así nos va 🙁

Esta reflexión no es baladí. Tiene consecuencias en la gestión de personas dentro de las organizaciones. Por ejemplo, si un jefe o jefa compara el valor de su tiempo con el de alguno/as de sus empleado/as solamente en términos salariales, o sea, de dinero, desconociendo o ignorando otros ámbitos de la vida de esas personas (por ejemplo, si tiene varios hijos que atender, está estudiando al mismo tiempo, o le espera en su casa una persona dependiente), puede dar por hecho que su tiempo vale mucho más y así mostrarse menos respetuoso con el de los demás. Esa forma de ver la vida, el tiempo, se refleja en múltiples comportamientos que deshumanizan las relaciones. La falta de empatía es una manifestación clara de eso.

Fuente https://www.amaliorey.com/2020/01/28/por-que-tu-tiempo-y-el-mio-no-son-igual-de-valiosos/

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