por José Javier Rodríguez Alcaide

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He conocido muchos males profundos en el seno de la familia empresaria. Uno de ellos no es muy frecuente pero hace acto de presencia en algunas de estas familias. Es un estigma que separa a unos hermanos de otros. Esta enfermedad es la envidia. Por la envidia de un hermano a otro se produce una barrera de silencio entre ellos, pues aquel que la padece se sitúa lejos de la familia y, a veces, se llena de rencor.

La envidia entre hermanos produce un vacío, un cerrado silencio, como si hablar entre ellos en la empresa o fuera de ella fuese algo fantasmal. Enmudecen, se miran, no se entienden; como si mirar o hablarse fuese vehículo de contagio de alguna enfermedad. Por eso levantan entre ellos un muro de silencio y a veces respeto, porque aún están de testigos la presencia del padre o la madre; por esa envidia se marca distancia para diferenciarse en planos vitales. La envidia es muy contaminante y destructiva y termina derrumbando a la empresa familiar que devino fraternal tras la salida de su fundador.

La envidia alimenta la autodestrucción en un proceso inacabable hasta que un hermano compra las participaciones del otro o hasta que se produce la fragmentación de la empresa familiar. La envidia es la liberación de una oculta fuente de energía destructiva.

He visto a más de un hermano destruido por esa enfermedad y de esa autodestrucción surgen bríos para enfrentarse con el otro hermano en la familia empresaria. Ese hermano envidioso se alimentaba de su propia envidia, se vuelve receloso y levanta un muro aislante. Esta actitud defensiva no sirve para crear y luchar en el mercado sino que es una barrera de resistencia frente al hermano emprendedor.

El hermano envidioso no ha sido capaz de descubrir a su otro hermano, al igual que Caín no fue capaz de descubrir a Abel; no tiene capacidad de convertirse en otra manera de ser. La envidia genera ruindad e impide la transfiguración que supone aceptar al otro hermano tal como es; incluso sus atributos de buen gestor. La mayoría de las veces la envidia es el deseo de tener lo que el otro tiene; en el caso de la sociedad fraternal el envidioso desea detentar el mismo poder que el hermano envidiado.

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La envidia genera avidez de lo que tiene el otro hermano y puede ser alimentada por algún otro familiar o algún otro afín. El envidioso y el envidiado no tienen nombres sino que son “el uno” y “el otro”, máscaras diferentes de un mismo ser dividido, que no pueden ir “encolleradas”. La envidia mantiene la alteridad del hermano, pero que, como poseso, no deja de pensar en él. He visto al hermano envidioso ensimismado con el otro hermano, objeto de envidia. Lo quiere meter entro de sí mismo en una alucinante soledad. No es capaz de verlo fuera de sí mismo, en el lugar que ocupa en la empresa.

El hermano envidioso se adentra en la vida del envidiado para apropiársela en su propia soledad. Se ve en el espejo del otro para sentirse real y en lugar de amar al hermano lo envidia. El hermano envidiado es como un espejo que no le devuelve la imagen que el envidioso necesita y en ese no reflejo surge la ambigüedad, que adorna el comportamiento del envidioso, que se siente en un abismo infernal.

El hermano envidioso tiene pasión de su otro hermano, pasión por la libertad del otro, pasión por su identidad. No vive feliz; como si una espada de frío acero le partiese su libertad. Siempre en soledad quiere traer la sombra de la vida del hermano a su propia vida.

No hay conversión. En todos los casos que conozco la empresa o se ha hundido y arruinado o se ha fragmentado o el “uno” o “el otro” se ha marchado o ha adquirido la participación empresarial fraternal. Trágica realidad bastante más frecuente de lo que pueda esperarse en el seno de la empresa familiar. La sombra de un hermano se entrecruza con la sombra del otro.

Fuente: José Javier Rodríguez Alcaide / laempresafamiliar.com

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