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Un espacio para aprender que no es necesario ser una empresa grande para ser una Gran Empresa
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Ocho de cada diez empresas de este país son familiares. La deducción es evidente: en la medida que vayan mal, la economía no funcionará. La crisis, especialmente la falta de crédito bancario, las está castigando duramente, y pasadas las vacaciones muchas se añadirán a las que ya han cerrado.  

Pero hay otra causa lenta pero más demoledora que está minando esta estructura productiva. La crisis económica es como los efectos de un terrible accidente de tráfico, un ‘crack’ que todos ven y oyen. Pero la otra crisis  sobre la que quiero llamar la atención es como una metástasis. Solo se ve si se observa, pero mata irremediablemente si no se actúa.
 
Detengámonos un instante en pensar por qué surge y como se mantiene una empresa familiar. No es el resultado de una ideología, sino de una necesidad o una oportunidad, que convierte al marido, la mujer, a veces a los hijos o algún pariente, en empresario o trabajador autónomo. La  casuística presenta miles de posibilidades y todas nos explican lo mismo. Veámoslo con esta.
 
Un hombre ha sido despedido. Con la indemnización y la capitalización del paro arriendan un bar que hace comidas. Él en la barra y las cuatro mesas, su esposa en la compra y la cocina, y quien dice un bar dice cualquier otra actividad donde reina una doble organización económica articulada, la de la empresa y la del hogar. Se construye así un modelo económico que aporta a sus miembros y a la sociedad las ventajas propias de la división del trabajo, como economías de escala y más capital humano. El matrimonio incrementa su  capital social, un componente económico insustituible, por el crecimiento de su red social, familiar y relacional, y muy elevado en la pareja, y sobre todo porque sus costes internos de transacción son cero. Esto último es la quinta esencia de la empresa familiar, la causa de su mayor o menor rentabilidad. Asimismo, la presencia de los hijos incorpora perspectiva a largo plazo y ello guía las conductas sobre la inversión (que se traduce en compra de bienes de equipo, entre otros efectos beneficiosos) y el ahorro, una tendencia virtuosa, en lugar del consumo no vinculado a la producción y el endeudamiento dirigido a financiar este tipo de consumo.
 
La empresa familiar necesita estabilidad interna, en la familia y en el tiempo, de ahí que la ruptura familiar sea su máximo enemigo. Y ese es precisamente el cáncer, la metástasis reciente que se expande a una velocidad endemoniada. 

 
En poco más de tres años hemos pasado de la parte baja de la tabla a encabezar el ranking europeo de divorcios, y en Cataluña peor. Además, la gente se casa poco y tarde, y en mayor medida después de un tiempo de cohabitación, que es la fórmula que favorece la ruptura. A más cohabitación menos duración del matrimonio posterior; poco mas de dos años de media. También se expanden las parejas de hecho, un vínculo estadísticamente mucho más débil y menos natalista. Sobre estas bases la empresa familiar no puede funcionar, y la que existe se deteriora.
 
Acudamos al ejemplo del matrimonio que regentaba un bar. Al romperse acumulan todos estos problemas: La mujer abandona el negocio y debe ser substituida, con lo cual se genera un salario, un coste que reduce la rentabilidad de la explotación y los ingresos del regentador. Los costes se multiplican, dos hogares en lugar de uno, aumenta la externalizan de determinados costes como la limpieza de uno de los hogares, generalmente el del marido. También existen efectos negativos a largo plazo como una peor alimentación y –sobre todo en los hombres- un peor estado de salud porque los singles viven menos años que los casados y tienen mas achaques. Los costes internalizados y sobre el sistema de salud y de asistencia son mayores. La reducción de renta que experimenta el matrimonio por aumento de los costes, se traduce en menores ingresos para el Estado. Existe un efecto de empobrecimiento individual y colectivo. Como señala Becker, el capital humano forjado por el matrimonio tiende a cero con la ruptura. La vida de las empresas se acorta y eso impide que crezcan y mejoren.
 
En España se está destruyendo de forma tan insensible uno de los fundamentos insubstituibles de su capacidad económica, por la irresponsabilidad de nuestros gobernantes, la inanidad intelectual y técnica de la oposición y de la opinión publicada.
 
La causa institucional básica radica en tres leyes que no tienen equivalente en Europa, precisamente porque aun reina un cierto principio de racionalidad. La primera, y de efectos más demoledores, fue la nueva ley del divorcio, que ha disparado las rupturas, fracasando además estrepitosamente en el propósito de sus legisladores: evitar el sufrimiento del litigio. Pues bien, los divorcios contenciosos han aumentado. Ahora hay más sufrimiento que con la legislación precedente. A este ataque frontal y demoledor se le añadieron dos agresiones de flanqueo. Por un lado la legislación sobre el matrimonio homosexual que ha transformado radicalmente la naturaleza y sentido del matrimonio para todos al limitarlo  a una relación nacida del atractivo sexual y la dimensión afectiva que pueda surgir de ella. Pero eso obviamente no es el matrimonio, o en todo caso no sirve para construir la estructura empresarial. La otra es la ley de protección de la mujer contra la violencia de género, que ha judicializado en unas dimensiones insólitas en Europa los conflictos de pareja, aumentando los costes económicos y divorcios furibundos.
 
Estas tres leyes forman un modelo único en Europa, incompatible con la empresa familiar, que induce a una población con menos capacidad de generar renta, más dependiente del Estado, que crece en su papel  subsidiador de la sociedad, pero con menores ingresos. Fomenta un crecimiento de la burocracia asistencial, la debilidad del tejido empresarial y el aumento de los impuestos a los que todavía mantienen su capacidad productiva. Esa es la tendencia a medio y largo plazo de este país  si las causas del daño no son removidas.
 
Autor  Josep Miró  
 

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